No es una película dirigida exclusivamente a los niños, aunque ellos la disfruten sin cesar. Es un juego continuo y absoluto con el cine mismo y con el concepto de espectáculo.
Al centrarse plenamente en la relación entre padre e hija, Affleck consigue evitar el enfoque moralista. La profundidad y las sutilezas que explora en su narrativa aportan una dimensión emocional convincente a la historia.
Lo mejor del film es Viggo, quien ofrece una actuación brillante, acompañado por Langella, un gran actor que aporta mucho a la película. Aunque peca de sobreactuar la corrección política, logra transmitir emociones auténticas.
Si bien esta película se inscribe en una larga tradición de melodramas familiares, no deja de representar un soplo fresco ante la andanada de fantasías descontroladas que –parece– es lo único que nos llega de los Estados Unidos.
Shults va al hueso de la situación, no esconde nada, deja que los personajes vivan como son y le permite al espectador sacar sus propias conclusiones, sin subrayarle ningún camino emotivo.
Un manejo diestro del suspenso le alcanza para que uno pase un rato divertido con sustos y con verdadero miedo. No sabemos si volvió “aquel” Shyamalan, sólo que este film sí vale la pena.
Aunque no es una película perfecta, tiene un peso y un encanto que superan al de la mayoría de las producciones que usualmente encontramos en las salas de cine.
No cabe duda de que Dominik maneja el aparato cinematográfico con soltura y desprejuicio, el problema es que eso no termina de cuajar. Hay algo interesante en este director, siempre al borde de una gran película que no llega a concretar.
No hay películas como esta, que asuman riesgos y se atrevan a lanzarse sin restricciones. Además, tiene un humor excepcional y los personajes son muy carismáticos. Es un cine que se muestra tal cual es.