En fin, el director Guy Ritchie, después de haber imprimido vértigo de videoclip a tramas tarantinescas en sus primeras películas, parece dedicado a tomar mitos ingleses (o no tanto) y convertirlos en masas de ruido y furia.
La película es probablemente el más logrado alegato en favor de la risa y la diversión como formas de la felicidad y la riqueza de espíritu. Y tiene algunos de los mejores cuadros musicales de la historia del género.
Muchos sustos están dispuestos como elementos musicales, logrando que nuestro cuerpo actúe como una batería... cuando logran su cometido. Estos sustos son efectos de montaje y sonido, y en ocasiones exhiben una modesta artesanía. Sin embargo, no hay más que eso.
La película presenta investigación paranormal y momentos escalofriantes, elementos que se esperan en este género. Sin embargo, falla al no definirse como un drama psicológico, lo cual limita su potencial.
La ambición metafísica de la película es notable; su realización, en un tono más suave y accesible, resulta ser la forma más efectiva de explorar temas tan amplios como el tiempo y el significado de nuestra existencia y conciencia. Es una rareza que se presenta muy pocas veces.
Hay algo que no funciona y, por lo tanto, no convence: ser una especie de manual de instrucciones didáctico sobre un género que es mejor cuando no intenta subrayar la moraleja.
La película presenta dos inconvenientes. En primer lugar, lo que se extraía del clásico animado permitía una interpretación más sutil, mientras que aquí es bastante explícito. En segundo lugar, el aspecto técnico deja que desear; solo Jude Law parece captar la esencia del papel.
Lo que importa es cómo se construye o deconstruye la institución familiar. Ryan Reynolds, un actor que ha sido objeto de críticas, resulta ser el rostro adecuado para esta película y cumple su papel perfectamente.
Es increíble que la secuela de una de las mejores películas de Disney, no del todo animada, de los últimos quince años se haya lanzado directamente en su plataforma de streaming. Es una buena película.
A pesar del esfuerzo de su elenco y la destacada actuación de Jolie y Pfeiffer, la película no es más que ruido y una telenovela sin terminar. Lo que alguna vez fue un gran cuento de hadas se ha convertido en un relato vacío.
El cine, el buen cine, siempre es metáfora, siempre es un “juego en el que entramos”, incluso impotentes en la butaca. Aquí, cada vez más, esa cuestión se subraya.