Una trasposición de la pesadilla al cine como pocas veces se había logrado y se volvió a lograr. Los travellings sobre maquetas son puro viaje hacia el inconsciente.
Wallace, el inventor calvo, y Gromit, su perro, son dos mitos del mundo animado. En esta ocasión, se adentran en el cine de terror, donde relatan la tenaz cacería de un ser que se transforma en un monstruoso conejo.
Una vez que nos permitimos regresar a la infancia, Rápidos y Furiosos, sin importar su número, nos brinda una escapada alegre y optimista al mundo que nos rodea.
El título sugiere un límite de revoluciones que convierte al automóvil en una trampa, reflejando la velocidad a la que avanza la película: constante riesgo de desmoronarse o explotar, pero siempre guiada por la mano firme de un director comprometido a contar una historia en cada una de sus obras.
No es una película dirigida exclusivamente a los niños, aunque ellos la disfruten sin cesar. Es un juego continuo y absoluto con el cine mismo y con el concepto de espectáculo.
Si bien esta película se inscribe en una larga tradición de melodramas familiares, no deja de representar un soplo fresco ante la andanada de fantasías descontroladas que –parece– es lo único que nos llega de los Estados Unidos.
Shults va al hueso de la situación, no esconde nada, deja que los personajes vivan como son y le permite al espectador sacar sus propias conclusiones, sin subrayarle ningún camino emotivo.
Aunque no es una película perfecta, tiene un peso y un encanto que superan al de la mayoría de las producciones que usualmente encontramos en las salas de cine.
No cabe duda de que Dominik maneja el aparato cinematográfico con soltura y desprejuicio, el problema es que eso no termina de cuajar. Hay algo interesante en este director, siempre al borde de una gran película que no llega a concretar.
Los prejuicios son solo la punta del iceberg y no son exclusivos de los blancos. Esta ambigüedad es lo que permite que, casi treinta años después de su realización, la obra continúe siendo notable y fresca.
Todo está narrado de una forma que, de cierto modo, esquiva nuestra empatía, como si, incluso en los momentos de mayor suspenso, debiéramos aceptar todo como lo que realmente es: pura sátira.