Una vez que nos permitimos regresar a la infancia, Rápidos y Furiosos, sin importar su número, nos brinda una escapada alegre y optimista al mundo que nos rodea.
Como toda buena película, olvidamos que es una película, que estamos en el cine y que esos personajes no son reales. La verdadera hazaña de este film radica en su autenticidad.
Lo más destacable de la película es el desempeño de los actores, además de que el ritmo general es efectivo. Sin embargo, hay un aspecto que resulta algo anticuado, relacionado con el costumbrismo pesimista de ciertas producciones argentinas del pasado.
El problema radica en que todo se siente agotado; los giros de la trama resultan bastante predecibles y, de alguna manera, nos distraemos con el diseño de producción. No obstante, es comprensible que la obra tenga su atractivo.
Este es un buen film rumano. La película presenta un enfoque en la mala situación del mundo actual, pero lo hace con un realismo extremo y una gran precisión fílmica.
Emma Stone logra extraer humor incluso de las réplicas más sutiles, mientras que Parker Posey fusiona melancolía con una sorprendente ferocidad, lo que permite que la película despegue.
Wallace, el inventor calvo, y Gromit, su perro, son dos mitos del mundo animado. En esta ocasión, se adentran en el cine de terror, donde relatan la tenaz cacería de un ser que se transforma en un monstruoso conejo.
Wright lleva todo al extremo y por eso desarrolla, tramo a tramo, un auténtico film noir aunque aparezca teñido de colores vibrantes. Un film originalísimo.
El título sugiere un límite de revoluciones que convierte al automóvil en una trampa, reflejando la velocidad a la que avanza la película: constante riesgo de desmoronarse o explotar, pero siempre guiada por la mano firme de un director comprometido a contar una historia en cada una de sus obras.
No es una mala idea para una comedia romántica contemporánea. Sin embargo, Isabel Coixet, su directora, tiende a sacrificar la eficacia narrativa y el ritmo en favor de una "poesía" que resulta ser un lugar común, propio de carteles.
Esta clase de cine permanece en la memoria. El manejo del suspenso y el peligro es excepcional, el ritmo es frenético y los personajes se definen por sus acciones, evitando ser meras figuras planas.
Minujín interpreta su personaje con gran naturalidad, lo que demuestra que lo comprende profundamente. Lerman da vida a ese universo con matices que a menudo parecen hiperreales. La película logra funcionar; aunque tiene sus fallos, hay un valor en ella que la hace digna de ser vista.
Es un retrato de cómo funciona la inteligencia. Cómo aprendemos a razonar, eso es fascinante, casi parece una película de suspenso o de ciencia ficción, una que no les tiene miedo ni a las imágenes ni a las palabras.
Quien esto escribe no está en contra de la religión. Quien esto escribe está en contra de la propaganda, especialmente cuando está filmada con los muñones de los hombros. Por lo insólita, imperdible.
Aquí esa esquizofrenia estalla con una precisión notable y un grado de invención cómica que pocos grandes del cine han tenido. Sigue siendo efectivísima.