La película transforma, a través de la mirada curiosa del realizador, el mundo cotidiano en un lugar a descubrir, y además hace un uso preciso de las palabras sin ser redundante.
Funciona menos que la anterior, por supuesto, pero mantiene el tono “no podemos tomarnos esto en serio” que hace que la perspectiva nos genere una diversión genuina.
Esto es el cine: que encontremos en aquello que se vuelve gigantesco hasta el absurdo, por pura saturación, el elemento humano: la sana ironía de saber que el peligro sin cuento al que se enfrentan los héroes está allí para hacernos muy felices.
Esta enésima vuelta de tuerca a la comedia de pareja dispareja utiliza los clichés típicos de las parodias, llevándolos a un nivel de originalidad interesante. Aunque podría haber tenido una duración más corta, el espectador se marcha con una sonrisa.
Aunque son dos actrices cómicas con estilos distintos, su actuación se complementa de manera notable. Si bien existen muchas películas sobre "parejas desparejas", especialmente en el ámbito policial, el resultado en manos de estas dos actrices inteligentes ofrece una perspectiva fresca.
El problema radica en que el caos visual no se equilibra con el desarrollo de los personajes, un guion sólido, empatía humana, ni ningún elemento que despierte nuestro interés en seguir viendo.
La película es probablemente el más logrado alegato en favor de la risa y la diversión como formas de la felicidad y la riqueza de espíritu. Y tiene algunos de los mejores cuadros musicales de la historia del género.
La ambición metafísica de la película es notable; su realización, en un tono más suave y accesible, resulta ser la forma más efectiva de explorar temas tan amplios como el tiempo y el significado de nuestra existencia y conciencia. Es una rareza que se presenta muy pocas veces.
Lo que importa es cómo se construye o deconstruye la institución familiar. Ryan Reynolds, un actor que ha sido objeto de críticas, resulta ser el rostro adecuado para esta película y cumple su papel perfectamente.
Hay buenos momentos, pero el hecho de que cualquier cosa pueda aparecer de manera explícita y colorida en combinación con una mecánica conocida no convierte a la película en algo memorable.
Abundan los gags, el juego de inversiones con el humor machista y una ternura increíble. De paso, Chris Hemsworth burlándose de sí mismo y bailando al final es de una simpatía absoluta.
Si bien esta película se inscribe en una larga tradición de melodramas familiares, no deja de representar un soplo fresco ante la andanada de fantasías descontroladas que –parece– es lo único que nos llega de los Estados Unidos.