Si bien el retrato social clasemediero es acertado, la película al final no tiene mucho sentido. Pero sí resulta inquietante, lo cual es un mérito innegable.
Marca un encomiable cambio de registro después del realismo descarnado de sus anteriores esfuerzos. ¿Funciona? No del todo. Hacia el final hay momentos que invitan a la risa involuntaria. Desde luego, tiene el mérito de explorar nuevo territorio para Escalante.
La película está llena de imágenes evocadoras y muestra a Johansson en atuendos ajustados o al desnudo, lo cual no es un problema; sin embargo, pronto se enfrenta a una falta de coherencia en su narrativa.
No es precisamente una película de horror en el sentido clásico del término, pero sí provoca la misma sensación gracias a un hábil manejo de la atmósfera, puntuada por la eficaz partitura de Mark Korven.
Ellos son simpáticos, aunque las situaciones son de una liviandad que nos obliga a pensar en ocasiones para qué seguimos mirando. Pero por rara química, llegamos al final. Un relato creado en nombre de la industria.
Uno hasta teme descubrir lo que Zahler es capaz de escenificar. Y eso le devuelve una necesaria dosis de suspenso a su relato. 'Justicia brutal' es muy digna de verse, pero requiere de un poco de paciencia.
[Snowpiercer] es la urgente comprobación de que se puede hacer un cine espectacular de ciencia-ficción que, a la vez, estimule las neuronas del espectador.
La cinefilia de Del Toro está incorporada a su ADN. Su estilo ya es propio y aquí se despliega con resultados espectaculares. 'La cumbre escarlata' es formalmente su película más hermosa y elegante a la fecha.
La historia en sí no es particularmente original. Sí lo es, en cambio, la barroca imaginería conseguida por Byrne, que promete ser un estilista de la estridencia.
El asunto dura seis minutos y medio, pero es suficiente no sólo para sentir identificación con los migrantes, sino también el potencial de una nueva forma de expresión audiovisual. Iñárritu y Lubezki se han colocado en la vanguardia.
Un híbrido difícil de categorizar entre documental y ficción, que da la impresión de haberse rodado en un contexto posapocalíptico. A pesar de su tosquedad formal, el resultado es contundente. Este es un verdadero ejemplo de cine punk.
Un cúmulo de secuencias de una perversa ridiculez que, no obstante su pedantería, despiertan un interés en el espectador por saber cuál será la siguiente necedad.
La cineasta no tiene una urgencia narrativa, sino que se ajusta a la cualidad deambulatoria de su protagonista. Eso puede incomodar al espectador pero funciona en esa modalidad a medio camino entre el documental y la ficción.
A pesar de que el cineasta cuenta con intérpretes de sobrada solvencia, no hace convincente el compromiso moral del político, ni el cinismo de su hermano antagonista. Y tanta discusión ética se vuelve cansina.