Luce como un documental sobre la histeria neoyorquina actual, algo que ni siquiera Woody Allen podría lograr. Es un documento intergeneracional, donde cada grupo etario se refleja en el espejo de sus propias crisis.
El danés Winding Refn ha estado destacándose en el ámbito del 'neo-noir', pero 'Drive' es sin duda su obra maestra, donde ha logrado purificar su estilo hasta llegar a una forma de verdad abstracta.
Con una puesta en escena de un rigor y una precisión abrumadores, la directora de 'Punto límite' propone el relato de la terrible cotidianidad de la guerra urbana en Bagdad, pero adscribe al punto de vista del ejército de ocupación.
El meticuloso trabajo de animación de Chomet, heredero en su dibujo artesanal de la llamada “línea blanca” de la historieta franco-belga, le calza como un guante al guión de Tati, de un lirismo tan sensible como elegíaco.
La apática realización de Allen, que parece la desganada ilustración de un guión reciclado de alguno de sus viejos cuentos, termina confundiéndose con el desvaído espíritu de su protagonista.
Nueva sátira social, con dosis aún mayores de cinismo y misantropía que las de su film previo. Östlund privilegia la irrisión y un humor que en su nuevo film se vuelve escatológico.
Queda clara la intención de entroncarse en un modelo narrativo que fue exitoso y aspira a volver a serlo, esa construcción no deja de ser a su vez un déjà vu, una nueva vuelta atrás para el cine argentino de alto presupuesto.
Una fábula optimista y luminosa, a pesar de la seriedad de su temática. Se trata, como es habitual en su estilo, de una película llena de nobleza, ternura y humor. Además, presenta una poesía que, aunque austera, resulta igualmente expresiva.
Triste y a la vez divertida, ligera y al mismo tiempo profunda, la nueva película de Denis quizás no esté a la altura de sus obras maestras, pero es cine del mejor nivel.
Es notable la manera en que Puiu, al igual que en 'La noche del señor Lazarescu', logra primero sortear y luego trascender los peligros del costumbrismo, alcanzando así un estado de intensa melancolía.
La sorpresa constante, los cambios de tono y los giros inesperados del guion son siempre naturales y espontáneos. Esto convierte a Toni Erdmann en una película sumamente singular.