Un guión afilado y unas interpretaciones a tono siguen los pasos a un relato sostenido en el filo. Por momentos, ácido; a veces, simplemente ridículo; siempre, intenso. Lástima, eso sí, que el director debutante no se resista a la tentación de la moraleja.
Una película emotiva que habla de reconciliación, el de una hija con su padre, el de un universo extraño con su propia extrañeza. Y lo hace con una claridad, belleza y sentido del humor que desarma.
La técnica adoptada es la rotoscopia, lo que intensifica la sensación de realidad, llevándola a un nivel hiperreal. Al final, se establece una frontera que se cruza, un límite que se difumina entre la realidad y el deseo.
La película transcurre sin tener en cuenta las motivaciones, deseos o aventuras de sus personajes. Se concentra únicamente en su rigor y en su extraño y pretencioso intento de abstracción, lo que resulta agotador.
Trata de conmover a cualquier precio, utilizando un enfoque invasivo, molesto y profundamente impúdico. Lo más preocupante es ese raro y reconocible aroma de superioridad moral que el director, definitivamente, no logra controlar.
Idris Elba ofrece una interpretación brutal e inolvidable. Sin embargo, la clara tendencia subyacente, evidenciada en la metáfora recitada en off, afecta a lo que podría haber sido una película excepcional.
Impactante. Es cine político, no tanto por la virulencia de lo que proclama, sino por la clara enseñanza que transmite. Es una de esas películas que son imprescindibles, tanto desde el punto de vista político como humano.
El problema quizá radica en la contención, en su exceso. La cámara se mueve con un gesto protocolario en un relato que, sin duda, requeriría una mayor intensidad.
La historia adquiere en manos de Greengrass el toque preciso entre emoción y fiabilidad, logrando una narración que resulta sencillamente escalofriante.
Idris Elba destaca sin lugar a dudas en 'Mandela', una película efectiva y directa, pero que también resulta algo rutinaria. La historia realmente cobra fuerza y se aleja de la superficialidad típica del biopic en el momento en que aborda temas políticos.
El mérito de la cinta, tan sencilla como pedagógica, no es otro que pasar a limpio un problema que mantiene a miles de personas o desplazadas en los campos.
El espectador tiene la oportunidad de apreciar no solo la película que Murnau filmó en 1931, sino también de reflexionar sobre las heridas de cualquier amor posible. Para resumir, es una obra magistral, tan impactante como la película original.
Se antoja tan cercana que acaba por hacer daño. Bien es cierto que el exceso de gusto por la contemplación mórbida acaba por arruinar en parte el proyecto.
La tunecina Tlatli debuta con un bellísimo e intenso relato de servidumbres y vidas arrasadas. De nuevo, queda demostrado que el mejor cine respira fuera del glamour. Una pequeña joya