Hopkins se exhibe monumental en un papel pensado para la exhibición. La inteligencia del debutante Zeller consiste en plantear la película como un thriller.
Toda la cinta se limita a hilvanar lugares comunes, clichés y gestos de actor excelente. Ya desde el principio, el dibujo de la pareja protagonista parece una parodia.
¿Es acaso posible equivocarse con un argumento tan crudo y brutal? Pues sí. Egoyan no logra superar los límites de un telefilme deficiente y produce un caótico ejercicio que se acerca a la comedia involuntaria.
Hablamos de la lucha de una mujer contra algo más grande que su propia vida: el amor a su nieto. Una cinta con el desgarro de un poema de Vallejo. Brillante y doloroso.
La película se presenta como una poderosa herramienta para movilizar a la audiencia. Sin embargo, su exceso de didactismo se convierte en un obstáculo. Abandona rápidamente la exploración del drama personal para enfocarse en la figura pública.
La protagonista Tsilla Chelton deslumbra. El retrato que se ofrece de la enfermedad es engañoso. A pesar de lo que busca transmitir la película, no hay nada de poesía en el alzheimer.
Una obra maestra. Una descarga de cine mayúsculo firmado por Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez que explora la belleza y el significado de lo cotidiano, resaltando la importancia de lo compartido.
Sean Penn se convierte en una parodia de sí mismo en esta película, que encuentra en la exageración su forma natural de estar en el mundo. Una auténtica sobreabundancia.
La película más triste y hermosa de los Dardenne. Las interpretaciones de los actores no profesionales son impecables, emotivas, tiernas y arrebatadoras. Es una obra conmovedora que llega hasta el corazón.
La demente obstinación de una obra maestra. Asuntos como la soledad y la necesidad de huir son tratados con una precisión que asusta, y con una gracia tan cerca de la desgracia que produce verdadero pánico.
La propuesta de Martone carece de sutilezas. El problema fundamental es la seriedad forzada de cada plano y la búsqueda de una importancia que no logra alcanzar. Se trata de una película tan obsesionada con su propio valor que termina siendo solo triste.
Pixar se simplifica para recordarnos el mejor verano de cualquier vida. Casarosa logra, sin renunciar al legado y la historia de la firma, encontrar un espacio que es a la vez el de todos.
Scorsese, más sabio que nunca, coloca su película más equilibrada y honda al lado justo del corazón de su personaje principal. Su obra maestra es calculada, geométrica y casi perfecta.