Fresco aparatoso y eterno, es un enorme tríptico del desaliento. Relata la historia de Italia y, a su vez, la de la última revolución industrial en Europa.
Peckinpah sitúa en medio del desierto un amor perseguido por la derrota. Un oeste en decadencia, despojado de héroes y amenazado por la llegada del automóvil, sirve de telón de fondo para una conmovedora fábula de crepúsculos.
La muerte de un amigo sumerge a tres personas en la amarga confrontación con sus miserias. El resultado es una tragicomedia aguda, desilusionante y apasionada. Cassavetes sigue explorando emociones con un enfoque libre de convencionalismos y normas.
Trueba y Javier Mariscal crean un bello híbrido que resulta tan enigmático como crudo, tan fascinante como revelador. La película brilla en cada uno de sus misterios y en todas sus contradicciones.
Parece a una historia de Ingmar Bergman protagonizada por muñequitos. (...) una desconcertante y brillantísima obra maestra (...) La sencillez es sólo aparente.
Descabellada, febril, irresistible y un desastre. Todo al mismo tiempo. Pero, ¿es buena o es mala? La respuesta es que no hay una clara definición; no es una película convencional, es algo diferente. Y ese hecho, aunque solo sea porque nos lleva a cuestionarnos, es algo positivo. De hecho, muy positivo.
De golpe, la animación tradicional, la de los colores fuera de la línea, alcanza el sentido preciso de la maravilla. Se podría hablar de ternura, de delicadeza, de poesía tal vez. Pero no. Todo es algo más sucio y mucho más divertido.
Hay películas que, por su pura extravagancia, logran fascinar. Presentan efectos especiales inenarrables. Sin embargo, hay que reconocer que, aunque existan otros delirios en el cine, este en particular destaca.