Un camino de despertares a la vida y descubrimientos excepcionales. Lo mejor: los mano a mano entre las dudas del niño, interpretado por Sanz, y el profesor, además sacerdote, con acento mexicano a cargo de Quinn.
Monumental. La película establece desde el principio un ritmo que puede parecer lento, pero que en realidad transmite una profunda gravedad, es intenso, duro e inolvidable. Scorsese otorga al cine un nuevo pulso.
Un guion ingenioso, aunque no sobresaliente, acompañado de una puesta en escena llamativa, pero no del todo efectiva. Colman y Jessie Buckley se presentan rápidamente para llenar los vacíos y destacar en un notable ejercicio de autoconocimiento.
Una película tan excesiva, escatológica, desmedida, nostálgica y procaz como feliz en su sicalíptica reivindicación de todos y cada uno de sus errores.
Un tan descomunal como herido trabajo Terence Davies avanza por la pantalla como un sueño lúcido e iluminado que lo mismo llama a la exaltación que a lo pavoroso.
La falta absoluta de una línea argumental transforma la película en una serie continua y caótica de imágenes que, en ocasiones, parecen ser meras ocurrencias sin sentido. No hay una correlación entre los elementos presentados, y ninguna idea planteada llega a desarrollarse a lo largo de la historia.
Westmoreland logra crear un universo en torno a la protagonista que es entretenido y libre de prejuicios, tan alejado de la realidad que resulta casi increíble.
Una delicada e irregular fábula infantil sobre la identidad. Haynes se esfuerza constantemente por transformar el tono excesivamente melodramático de la historia en algo más sutil y profundo.
La esencia del descubrimiento y el riesgo que caracterizaban a la película de 2010, "Blue Valentine", se transforma aquí en torpeza y exageración. La intención era convertir un argumento folletinesco en algo tan veraz como brutal, pero el resultado no consigue cumplir esa promesa.
Redmayne, devuelve el Oscar. De principio a fin, la película se antoja cursi, evidente, infectada de un esteticismo exasperante y, lo peor, muy aburrida.
Es una versión muy rebajada de obras mayores como 'Zelig', 'Balas sobre Broadway', 'Acordes y desacuerdos' o 'Medianoche en París'. Digamos en la misma onda de frecuencia de la menor 'Scoop'.
Sin poseer la lírica desatada y cautiva de sus mejores trabajos, la película se ofrece sin embargo como un perfecto, agónico y doloroso resumen de, quizá, una vida entera entregada a hacer desaparecer la pantalla de los cines; a empapar la realidad con el veneno del deseo.
Gray vuelve a proponerse como el nuevo mesías de la lágrima, el desgarro, la emoción. Y por ello, resulta tan estimulante, pese a todo, ponerse de su parte.