La escasa justificación del personaje femenino, junto con una estructura final casi ridícula que se presenta como un thriller paranoico, arruina un proyecto que demandaba un enfoque mucho más intenso, apasionado y frenético.
El problema de la propuesta es su conformidad vacía con la rutina. Thompson, Gleeson y Brühl se dejan llevar por un melodrama triste y superficial. Esto, en realidad, provoca el llanto, aunque no por las razones que se pretendían.
No solo carece de claridad respecto a lo que ya se conoce, sino que oculta y disfraza su mala conciencia tras un melodrama pedagógico. Lo mejor es el indudable magnetismo de Bryan Cranston.
El principal problema es la falta de enfoque y el excesivo sentimentalismo. La película carece de esencia. A pesar de los esfuerzos de McKellen, no logra rescatarla.
'The monuments men' aburre de tal manera que logra humanizar en su fracaso al casi intocable George Clooney. El guión resulta protocolario y carente de alma.
Es algo así como una especie de catarsis individual e inaccesible entre la autobiografía y simplemente histeria. En cualquier caso, extraña, desproporcionada y vocacionalmente terapéutica.
Trueba presenta una de sus obras más personales y reflexivas. Cada elemento se siente cuidadosamente equilibrado y controlado, sin exageraciones, y se mantiene alejada de gestos innecesarios o pausas prolongadas.
Duele la total ausencia de ideas que demuestra la película para contarlo. Una colección de lugares comunes y tristes tópicos. Personajes sin término medio.
La primera escena resulta sencillamente genial. Brutal. Su poca habilidad de narrador resta eficacia e impacto a la indudable y turbia imaginación visual del cineasta.
Un derroche de épica que resulta tan ensordecedor como confuso. Carece de un punto de vista definido; prevalece la ley del más grande: el plano más amplio, la destrucción más absoluta y un guión enmarañado. Falta de nervio, pero sobrado de ruido.
Minuciosa reconstrucción de los motivos que asisten a una película; reflexión-homenaje a vueltas con el oficio de director. A propósito de "Roma, ciudad abierta"
Se queda en un tono demasiado indefinido. El excelente reparto consigue esa mezcla de nostalgia amarga y esperpento propia unos tiempos crueles y apolíticos.
Un ácido, divertido e hiriente relato de aroma autobiográfico. El más lúcido retrato de la derrota en tiempos de posguerra que ha visto el cine español. Unas elaboradas y largas escenas, perfectamente soportadas por unos actores geniales.
Suspendida de una fotografía sencillamente genial; guiada por un guión que se centra en los silencios, es sin duda una de las obras más fascinantes del cine español.
Comedia libre de pretensiones sobre los esfuerzos por sacar adelante a la numerosa parentela. Esta limitada escusa sirve para un emparejamiento cuanto menos peculiar: Manfredi y Caron.