Wes Anderson crea y se recrea en la perfecta 'The Wonderful Story of Henry Sugar'. El director transforma un texto de Roald Dahl en una nueva e impresionante reinterpretación de su estilo, demostrando su maestría en la dirección.
El director presenta una versión condensada de sí mismo en su película más críptica, estilizada y desconcertante. Es un auténtico deleite para los convencidos (incluido quien escribe) y la mejor justificación para frustrar a quienes no lo son.
Mann renuncia a cualquier esfuerzo de estilo o narrativo para componer una exageradamente pomposa aproximación a la vida del fundador de la escudería de coches. Solo Penélope Cruz se mantiene firme.
Es sorprendente que Baz Luhrmann haya optado por realizar una película que se asemeja a un pasodoble en homenaje al rey del rock. La obra se siente repetitiva en su excesiva espectacularidad, dejando poco espacio para la reflexión.
Brillante pieza de entretenimiento que avanza de manera firme a través de clásicos y otros títulos que, de una forma u otra, configuran la memoria del espectador.
Un perfecto ejercicio de prestidigitación sobre el arte de amar entre la comedia, la obsesión y la fiebre. La ligera gravedad de la película la convierte en una obra maestra del drama y la comedia.
Con sus irregularidades, con sus vacíos, con incluso esa falta de pulso que por momentos arrastra la película, lo que impresiona y hasta enamora de 'Wonder Wheel' es esa vocación de crudeza, esa tentación de la carne cruda.
Es una película desigual en su construcción y hasta algo inane en su beligerancia hacia el enemigo contra el que se revuelve. Digamos que es cine para convencidos.
Loving es básicamente un ejercicio de sutileza. Cada fotograma duele, pero sin ofender. El resultado es una pieza clásica, conmovedora, extremadamente pudorosa y deslumbrante.
Una entrañable confusión de megalómano. O tal vez una anomalía inclasificable que se entrega al discutible ejercicio de transformar cada uno de sus defectos en virtudes.
'Eva no duerme' hiere con su visión rota del mito de Evita. Se trata de incomodar, de herir, de llegar, aunque sea por un instante, a lo más profundo de la desesperación de un tiempo desesperado. Y, en algunos momentos, sin duda, lo logra.