La cinta se detiene puntual y rigurosa en exactamente eso: el silencio de unos hombres encerrados. Con pulso, el director reconstruye la geografía desolada de un tiempo desposeído de su propia condición de tiempo.
Lars Von Trier, un director que despierta tanto admiración como controversia, entrega una obra cruel y exasperante que demuestra su genialidad. Esta película se alza como una de las provocaciones más impactantes del género de terror, fascinando al espectador con su total falta de prejuicios.
Todo lo que esta nueva versión logra en claridad lo pierde en el poder de evocación. Un misterio que es demasiado obvio no se puede considerar un verdadero misterio, sino que se vuelve simplemente irritante.
El problema, que lo hay, es la dificultad evidente y hasta fuera de guion que demuestra Padilha para animar la película con algo parecido a la tensión. todo discurre plano y sin brío.
Divertimento capaz de acertar en el nervio mismo del escalofrío. La habilidad de Wan para el susto en fracciones de segundo la convierte en un clásico popular instantáneo.
El empeño por subrayar cada frase con otra, cada gesto con un grito y cada cadáver con el mismo infierno termina en un monocorde, triste y premioso ejercicio de lo mismo.
Todo se atiene a las pautas más estrictas del cine comercial, pero con gracia, procurando en todo momento que ni se note. (...) el resultado es un ejercicio de nostalgia con la virtud de la solvencia.
Tan convencional como finalmente hasta intranscendente. Es difícil sacudirse la idea una vez acabada la película de que todo lo visto sea algo más que anécdota.
Don Cheadle reinventa la figura de Miles Davis en un retrato que fluye con la misma libertad que su música. Es, sin duda, una película con la actitud adecuada.
Se olvida de buena parte de los logros de la entrega anterior y regresa al tono correcto y espectacular de las primeras películas. Dinklage, el mejor villano en tiempos.
Puro cine, cine vicio. El más brillante, contradictorio y dolido ejercicio de cine del año, un deslumbrante monumento cinematográfico de Paul Thomas Anderson.
El director se limita, con gesto quizá ingenuo, a reconstruir en la aventura desangelada de unos pobres diablos algo así como una forma de ver el mundo. Inocente, cálida, digna.
Soderbergh regresa a desorientarnos y utiliza su enfoque cerebral y analítico en una trama simplemente torrencial. Michael Douglas, en particular, y Matt Damon ofrecen actuaciones tan impecables que resultan impactantes.
El problema, desde luego, no es ni la impecable realización del director ni la acertada y honda interpretación de Mia. La película navega erráticamente entre la indefinición, en la mayoría de las ocasiones, y momentos de emoción.
La cinta se mantiene en un término medio que ni suma ni resta. El director simplemente sigue las convenciones del género con la eficacia necesaria, pero no logra encontrar la esencia de una historia que ha sido repetida en numerosas ocasiones.
Un 'thriller' eficaz que aborda la liberación y sus dificultades; una comedia brillante que explora Hollywood y sus delirios pasados, y un drama, que resulta ser la parte más débil, sobre las penurias de un padre.
Strickland rinde homenaje al 'giallo' en una de las más perturbadoras y excitantes propuesta del año pasado, de la década y del siglo, cualquiera de ellos.