Brutal, enérgica y tan melodramáticamente encendida que exalta. El mejor homenaje imaginable al caos alimentado por una dirección tan enérgica como iluminada. Quizá perfecta.
La entrega más ruidosa y menos efectiva de la saga es, sin duda, la más débil de todas. La frescura, originalidad y falta de prejuicios que caracterizaban a sus predecesoras se han diluido, convirtiéndose en un confuso homenaje a algo que no logra definirse.
Un extraño cruce entre 'El viejo y el mar', 'La vida de Pi' y 'Las aventuras de Jeremiah Johnson'. Todo en uno. Pero, y esto es lo que cuenta, en silencio.
Brooks vuelve a demostrar su genio riguroso, lúcido y preciso. Un reparto inabarcable y una producción no menos generosa dan pie a una deslumbrante película de aventuras.
Durà insiste en su cine de hombres sin rumbo en un duelo interpretativo entre Luis Zahera y Javier Gutiérrez digno del mejor 'western'. Es una película esencialmente bella, sentida y lúcida sobre todo lo perdido.
Un delirio de unas dimensiones tan acertadas, divertidas y, por momentos, memorables que no queda otra que rendirse. Cine físico, simple, ligeramente vulgar y muy disfrutable.
Un efectivo ejercicio de dirección que logra manejar con habilidad un guión extravagante y complicado, similar a un mono loco en celo portando dos pistolas y bajo los efectos del alcohol.
No se engañen, no es comedia, aunque lo parezca. Es Almodóvar devolviéndonos, para bien o para mal, la perfecta imagen de lo que somos. Brillante. Una provocación.
De repente, la televisión se convertía en una nube tóxica. El género fantástico se transformaba en un escenario de pesadilla, que encerraba una metáfora disruptiva de la humanidad. El episodio titulado 'La constante', el quinto de la cuarta temporada, es magisterial.
Unos terroristas secuestran un avión. Si además se añade que son árabes, ya tenemos la narrativa común. La trama es atropellada y frenética, pero carece de sorpresas, dejando al espectador decepcionado.
Snipes se mantiene fiel a su estilo: ofrece una dosis de esas sorpresas que, aunque parecen inofensivas, terminan siendo contundentes. Además, el protagonista agrega chistes que no logran atraer, resultando más que molestos.
Una película apasionada y frontal. Pero también es una película imperfecta que oscila entre los tensos y luminosos momentos de danza y el tosco docudrama.
Los más rumbosos bailes callejeros que imaginar se pueda. Cada milímetro de esta película es un regalo. La coreografía de Jerome Robbins, los títulos de crédito de Saul Bass y, por supuesto, la música
Uno observa, entre el éxtasis y el aburrimiento, cada una de las extensas y repetitivas tomas de Westworld, surgiendo diversas preguntas: ¿por qué todo se desarrolla de forma tan excesivamente grandilocuente? ¿Qué hago aquí? Sin embargo, se mantiene frente a la pantalla porque, en el fondo, intuye que está donde debe estar.
Es un claro heredero de las screwball de antaño, esas comedias clásicas alocadas y deliberadamente absurdas que fueron protagonizadas por figuras como Cary Grant y Katherine Hepburn. Eso sí, en esta ocasión con un enfoque más exagerado.