Particular, almodovariana a su modo y muy cinéfaga visión de las identidades rotas. La secuencia de la persecución se antoja sencillamente memorable. Una directora en pleno dominio de su voz.
La elegancia visual de Monteverde se ve afectada por un guion repleto de explicaciones y detalles innecesarios. La intervención de Caviezel durante los títulos de crédito arruina la película de manera grosera.
Una joya agria y desnuda sobre el abuso infantil, confeccionada desde una sensación de vacío. La directora maneja con sutileza la repulsión inicial, distribuyéndola a lo largo del metraje con un pulso firme y toques de crueldad.
La película narra, por contradictorio que pueda parecer, lo que no cuenta. La película duda y tropieza en sus dudas, dejando entrever un guion que no logra decidirse entre los numerosos monstruos que presenta.
Seidl presenta su obra maestra con un retrato sombrío de la pedofilia en 'Sparta', aunque lo hace de la manera más perturbadora. La película se erige como una cruda e inquietante reflexión sobre una existencia atrapada.
Lejos de la impostura de la imparcialidad o la equidistancia, la película consigue abordar con éxito y profundidad el repertorio completo de las afrentas que nos asisten.
El documental cuestiona muchas de las afirmaciones realizadas por el cineasta en su autobiografía. Son cuatro horas de una meticulosa reconstrucción que puede llegar a resultar agotadora. ¿Cómo podremos seguir apreciando las películas de Allen después de esto?
La alegre y a la vez dramática desfachatez es tanta y tan brutal que no queda más remedio que caer rendido. Es, sin lugar a dudas, la comedia más cruelmente inteligente del año.
Un explosivo y muy gráfico documental de HBO, donde hay imágenes que son difíciles de olvidar. De hecho, permanecen en la mente. Lo esencial es la total eliminación de cualquier duda razonable.
Lo relevante, como casi siempre, es el punto de vista y el de Ozon es básicamente el más plano, mortecino y triste de todos los posibles. (...) un completo desvarío
Cada línea del guion impacta con fuerza; cada aparición de Frances McDormand resulta en una provocación que despierta más ira que entusiasmo. Se trata de la mejor comedia (o algo similar) que he leído en mucho tiempo.
Con una caligrafía tan violentamente incorrecta, visionaria y gamberra que no admite más réplica que la rendición. Por irónico, esquinado y completamente libre de prejuicios.
Un guión tan brillante como preciso. Y el resultado, en efecto, se antoja irrefutable en su sencillez y efectividad (...) convence y, por momentos, entusiasma.
No sólo el mejor, más cruel y más divertido a la vez, trabajo [de Larraín] sino que comparte con obras como 'Saló o los 120 días de Sodoma', de Pasolini, o 'Funny games', de Haneke, la virtud del 'shock'.
Miike, en un ejercicio de atolondramiento redundantemente excesivo, se limita a gritar. Hay pocas películas tan histéricas. Rara vez el cine ha mostrado un ejemplo más claro de la confusión entre el frenesí y el verdadero avance.