Una relectura tan elegante como confusa. El problema radica en su inestabilidad, lo que hace que este original Cyrano se situe en una incómoda tierra de nadie.
Una maravilla firmada por Matt Dillon, tan instructiva como deliciosamente divertida. Es una película de intriga donde el verdadero villano es la ignorancia del espectador, mientras que el héroe es aquel que baila con mayor destreza.
Se antoja contradictoria la voluntad de anular cualquier amago de narración convencional con el empeño de contarlo todo, de exhibirlo todo. (...) la película va y viene sin rumbo por la autobiografía del artista.
Decepción. El problema radica en que el amaneramiento forzado termina por eclipsar lo que, en su esencia más cruda, habría requerido una narración más clara.
El espectador no solo sigue la historia de la adolescente, sino que se ve invitado a experimentar su perspectiva. Aunque no se ofrece información nueva, se presenta un enfoque renovado que permite una conexión más profunda con sus vivencias.
Todo en ella es revelador. La estrategia del director consiste en acercarse al mito desde todos los ángulos posibles. Y hacerlo con rigor, meticulosidad y siempre muy cerca de la herida.
Se puede entender como una pieza de proselitismo o, desde otra perspectiva, como un reflejo ineludible del poder de atracción de un líder mundial. En este sentido, la labor austera y simple del director alemán adquiere su justificación.
Es una especie de docudrama hiperrealista narrado en estilo indirecto, actuando como testigo de lo que parece imposible. Es pretenciosa, con un aire teatral y algo televisivo, y finalmente resulta desmesurada.
3 horas entregadas al placer de escuchar una historia sin trampas. El artesano August moldea emociones con un material tan honesto, cercano y poco pretencioso como el barro.
El director transforma la novela de Capote en un drama incómodo, perturbador y gélido. La narrativa de dos jóvenes asesinos se convierte en un extenso y meticuloso recorrido al borde de una daga, acompañado de una interminable serie de alicientes.
Pomposa e inapetente, esta película se presenta con la apariencia de una relamida producción de prestigio, pero no ofrece nada más. El regreso de Depp es, en este contexto, más bien mediocre, ya que se ve limitado por la calidad del filme que lo acoge.
Documental eléctrico comparte con el cine de su autor una ironía sutil, una perspectiva inclinada y una inagotable capacidad de asombro. El ritmo puede resultar desafiante para quienes no están familiarizados con el tema, pero muestra un profundo respeto hacia aquellos que veneran a ese dios-diablo.
Todo gira alrededor de la interpretación de una Alyona Mikhailova, siempre en tensión y casi al borde del milagro. En su cuerpo frágil y mil veces martirizado, la película logra una grandeza notable, adoptando un tono trágico que es tan profundo como intensamente oscuro.
Del primer al último fotograma, este espectacular y honesto documental es una mezcla de brutalidad y tristeza, además de ser realmente divertido. Es como un alma vomitada en la pantalla.