Durà insiste en su cine de hombres sin rumbo en un duelo interpretativo entre Luis Zahera y Javier Gutiérrez digno del mejor 'western'. Es una película esencialmente bella, sentida y lúcida sobre todo lo perdido.
Snipes se mantiene fiel a su estilo: ofrece una dosis de esas sorpresas que, aunque parecen inofensivas, terminan siendo contundentes. Además, el protagonista agrega chistes que no logran atraer, resultando más que molestos.
Uno observa, entre el éxtasis y el aburrimiento, cada una de las extensas y repetitivas tomas de Westworld, surgiendo diversas preguntas: ¿por qué todo se desarrolla de forma tan excesivamente grandilocuente? ¿Qué hago aquí? Sin embargo, se mantiene frente a la pantalla porque, en el fondo, intuye que está donde debe estar.
Una lúcida obra de urgencia sobre los accidentes de las redes sociales. La película brilla por la agilidad, certeza y transparencia con que se enfrenta al mundo que pisamos.
Una cinta que, a su modo, replica en la estructura el mismo proceder laberíntico del objeto explicado. El resultado es una simpática provocación que ilumina tanto como desespera.
Todo transcurre en un ambiente entre autista y extraño. La metáfora opera de manera tan precisa como brillante, resultando incluso perturbadora. El inconveniente radica en que, debido a su asepsia y lejanía, 'Angelo' termina por irritar los nervios.
Sorkin se envenena de sí mismo. La entrada en la película, en caída libre, resulta sencillamente magnética. Es en el deseo de contar todo donde este gigante de dos horas y media empieza a desmoronarse.
Lo que se presenta aquí, a pesar de las loables intenciones, resulta ser una especie de descalabro. 'Snowden' no ofrece nada nuevo a lo que ya conocemos, y además, se muestra considerablemente más aburrida que el magistral trabajo de Poitras en 'Citizenfour'.
Colm Meaney y Timothy Spall protagonizan un recital en solitario que, sorprendentemente, termina en un espacio intermedio entre lo banal y la decepción.
Efectista, melodramática, visceral y, por supuesto, inmisericorde. (...) No posee, ni de lejos, la brillante y quebrada estructura narrativa de '12 años de esclavitud'
Lo que propone el director alemán es apasionante. Schlöndorff se limita a encerrar en una habitación la sombra de un dilema de monstruosas consecuencias.
Es una comedia que apunta maneras de tragedia; un drama que, a su pesar, no le queda más remedio que romper en esperpento. Tan brillante como irresistible.
García Bernal encarna la capacidad de resistencia, el valor del testimonio. Stewart se revela como un director con gran voluntad, pero su enfoque resulta insuficiente.
Todo en 'The Railway Man' está hecho para conmover. Y nada conmueve. La dirección errática, la ausencia de foco, la monotonía narrativa y, lo más grave, la falta de rigor.