López pinta, dibuja y se enfrenta a la forma de un árbol. Erice, por su parte, se coloca detrás y observa. Esta obra es tanto sincera como sencilla, situando al cine en terrenos arriesgados que solo han sido explorados por algunos maestros.
Todo deslumbra. De repente, los espacios luminosos e inmensos del desierto sirven para describir los siniestros vericuetos de un alma atormentada. Más de tres horas y media cerca de la hipnosis.
Ni un milímetro de la película está ahí con otro objetivo que no sea arrasar. Su intención es negar al espectador la capacidad de respirar. Más Lorca que el propio Lorca.
Más elaborada, con menos mordiente, se cuelan algunos chistes al límite, los que escuecen, al lado de otros más cerca de la urgencia. Lo que no consigue la película es sobrepasar nunca el umbral de lo coyuntural.
El principal problema radica en lo predecible y desgastados que se presentan los argumentos. Sin embargo, la forma en que se desarrollan los personajes aporta un toque de gracia.
El conceto es el concepto. Fuera de esta verdad con aspecto de templo, queda un genial Manquiña y una irreverente invitación al deseo. De los 40000 chistes, funcionan cinco.
Es provocación, pero sin escándalo, siempre desde la consciencia de cada uno de los límites. Cronenberg, en definitiva, se organiza un entusiasta homenaje a sí mismo que tiene algo de irrefutable mausoleo.
Soportado por una puesta en escena tan fluida como elegante y un diseño de sonido esencialmente hipnótico, Shyamalan compone una metáfora tan elemental en sus presupuestos como iluminada.
Todo es disfrutable en una cinta con tan limitados prejuicios como sobrada de recursos. Brillan las escenas de acción y dan dentera los alardes de terror. (...) Las lecciones morales son de un torpe que raya lo inmoral (...) Puntuación: ★★ (sobre 5)