No puede resultar más triste. Por engolada, aparatosa, carente de ideas y, por momentos, hasta vergonzante. De los actores, Michael B. Jordan y Michael Shannon, sólo decir que ya tienen su peor actuación completada.
Es un thriller entretejido con la mejor acción sin olvidar el toque nihilista de un 'amour fou comme il faut'. Tan fuera de sí que se diría que no es una, sino cien magníficas películas.
Sorprende la tensión preciosista de cada encuadre, entusiasma el tenebrismo grave y profundo, y desalienta el ritual pedestre de un verismo interpretativo tan pomposo y afectado como tristemente melodramático.
Un aquelarre sin sentido. Es una película profundamente irregular y ciclotímica. En ocasiones resulta genial, pero en otras es simplemente ruidosa y siempre se siente desarticulada.
Decepción. El problema radica en que el amaneramiento forzado termina por eclipsar lo que, en su esencia más cruda, habría requerido una narración más clara.
La estrategia consiste en mostrar lo que se oculta. Es una profunda y auténtica radiografía del impacto que deja la vida luego de esos breves 15 minutos de fama. Una reflexión sobre una gloria efímera.
La película intenta distanciarse de los clichés típicos del 'biopic', aunque lo logra con dificultad. Sin embargo, ofrece un sorprendente trabajo de un gran actor.
Más elaborada, con menos mordiente, se cuelan algunos chistes al límite, los que escuecen, al lado de otros más cerca de la urgencia. Lo que no consigue la película es sobrepasar nunca el umbral de lo coyuntural.
El principal problema radica en lo predecible y desgastados que se presentan los argumentos. Sin embargo, la forma en que se desarrollan los personajes aporta un toque de gracia.
Soportado por una puesta en escena tan fluida como elegante y un diseño de sonido esencialmente hipnótico, Shyamalan compone una metáfora tan elemental en sus presupuestos como iluminada.