La más febril y sorprendente propuesta del año, pese a sus excesos líricos. Cada frase se empeña en contar el mundo. Entero. Y claro, llega un momento que agota.
La probada habilidad de Scott para las secuencias de acción no es suficiente. El empeño por 'intelectualizar' la historia termina por aniquilar cualquier amago de encanto emocional. De otro modo, sobra reflexión, falta flexión, es decir, emoción.
Los sueños se presentan con una claridad que roza el simple temor. Se encuentra constantemente en una delgada línea: entre un país y otro, entre el cine y lo que está por venir, entre la realidad y la ficción. Un espectador experimenta una vida ajena, sintiéndose seguro como un mero visitante, pero a la vez inquieto al tener todo tan cerca.
Apabullante debut de Manuel Muñoz Rivas. Una pieza, eterna y efímera a la vez, que transita sonámbula por la mirada infectada del espectador. La belleza siempre permanece.
Una adaptación muy personal de 'Blade Runner'. A pesar de que la idea puede impresionar inicialmente, en la pantalla apenas logra ir más allá de una simple ocurrencia.
Versión animada de Disney que sigue la historia casi al pie de la letra, mostrando una liberalidad sorprendente. La adaptación resulta endiablada, cursi y simplista en su interpretación del cuento.
Un equipo infantil de hockey no hace otra cosa que perder. Llega un nuevo entrenador y... para qué queremos más. Disney y las cosas de la alegría de vivir. Nada grave.
Pocas películas logran representar de manera tan precisa el deseo profundo y visceral de seguir vivo. La obra, al igual que la mayor parte de la filmografía del director, captura magníficamente el espíritu de su época.
Un delicado y profundo estudio sobre la relación padre e hija. Sin embargo, a pesar de los numerosos aciertos de la película, resulta difícil sobreponerse a la sensación de haber presenciado algo similar anteriormente.
Es, más allá de la alborozada y hasta exagerada sensación del año, un bello, turbio y, sin duda, aceitoso ejercicio de cine. El prodigioso artefacto se limita a depositar en la mirada del espectador sólo una gota de miedo.
La estrategia de los directores no es tanto huir de las convenciones del género como hacerlas propias, convertirlas en material que se pueda sentir, tocar, oler. Y ahí es donde la cinta se hace grande.
Una película perfecta como un palíndromo. La piel de la pantalla se eriza en un escalofrío tan delicado, tan cálido, tan sorprendente que todo se quiere diferente.
Pocas películas están tan bellamente escritas y a la vez tan elegantemente superficiales. Lo mejor es la actuación de Chastain, mientras que lo peor es la falta de atención en un guion que podría haber ofrecido más que una simple colección de clichés.
Tan atrevida que, en un momento dado, conmina al espectador a cerrar los ojos. (...) es una auténtica epifanía que convierte a la sala de cine en una exaltación de lo común desde lo íntimo (...) es un milagro.
Toda la película se mueve a tientas a través del documental y el cuento de hadas; de la realidad y la alegoría, del sueño y el íncubo. Sin duda, una pieza de poesía tal vez absurda y decididamente inabarcable. Hasta brutal.
Conmovedora, dura y desasosegada. La directora logra crear una impresionante radiografía de la existencia, abarcando cualquier tipo de vida imaginable. Además, consigue describir de manera aterradora la sensación del paso del tiempo.