Ritchie muestra sus rasgos más oportunistas y arrogantes en una exhibición descontrolada de sí mismo y de la leyenda artúrica. Lo que antes era original en sus trabajos ahora se siente ruidoso, alborotado y vulgar.
El rigor formal disimula con cierta dificultad una moraleja que se anticipa demasiado pronto. Sin embargo, la brillantez del relato amoroso entre los adolescentes, ubicado en medio de la trama, alivia, consuela y, en última instancia, rescata la película.
Toda la película se mueve a tientas a través del documental y el cuento de hadas; de la realidad y la alegoría, del sueño y el íncubo. Sin duda, una pieza de poesía tal vez absurda y decididamente inabarcable. Hasta brutal.
Conmovedora, dura y desasosegada. La directora logra crear una impresionante radiografía de la existencia, abarcando cualquier tipo de vida imaginable. Además, consigue describir de manera aterradora la sensación del paso del tiempo.
Una película narrada con una voz en off que funciona como un surtidor de imágenes. Importa el ritmo de cada relato, importa la sensación de estar dentro de una aventura de la que depende hasta la misma vida del espectador. Es cine del trepidante que discurre por la retina como un secreto recién contado.
La última maravilla de Pixar. Nunca antes la animación se había atrevido a tanto gracias a una película que es, como se ha comentado, una pieza de jazz profunda, delicada y perfectamente ejecutada.
Versión animada de Disney que sigue la historia casi al pie de la letra, mostrando una liberalidad sorprendente. La adaptación resulta endiablada, cursi y simplista en su interpretación del cuento.
Un equipo infantil de hockey no hace otra cosa que perder. Llega un nuevo entrenador y... para qué queremos más. Disney y las cosas de la alegría de vivir. Nada grave.
Pausada, casi en silencio, el director propone una minuciosa exploración de este tiempo que vivimos, marcado por la ausencia y la falta de sentido. ¿Resulta absurdo? Sin duda lo es. Sin embargo, es inmejorable y cuidadosamente absurdo. De otra manera, se vuelve esencial.
El prodigio de pedernal de Lynch sigue intacto. Perfecto en cada una de sus aristas. Indestructible. Aún obliga en cada visionado a una interpretación: siempre nueva y siempre diferente.
Es, más allá de la alborozada y hasta exagerada sensación del año, un bello, turbio y, sin duda, aceitoso ejercicio de cine. El prodigioso artefacto se limita a depositar en la mirada del espectador sólo una gota de miedo.
La estrategia de los directores no es tanto huir de las convenciones del género como hacerlas propias, convertirlas en material que se pueda sentir, tocar, oler. Y ahí es donde la cinta se hace grande.
Se hace grande a cada paso que da. Arrastra toda su tristeza hacia un lugar inidentificable que se acerca demasiado a la comedia. Por eso, su crueldad. Por eso, su lucidez.