La película fusiona un naturalismo áspero con una perspectiva que es a la vez cálida, lírica y dolorosa. Es una narración que destaca por su elegante sensibilidad, incluso en su crudeza. Resulta brutalmente sincera.
Un delicado y profundo estudio sobre la relación padre e hija. Sin embargo, a pesar de los numerosos aciertos de la película, resulta difícil sobreponerse a la sensación de haber presenciado algo similar anteriormente.
Un cuento vampírico que evoca tanto a Panos Cosmatos como a Claire Denis. Es sucio, sangriento, obsesivo, esquizofrénico y, sobre todo, eléctrico. Una fábula hipnótica que aborda el arte, el poder de la creación y el profundo vacío que lo acompaña.
Es, más allá de la alborozada y hasta exagerada sensación del año, un bello, turbio y, sin duda, aceitoso ejercicio de cine. El prodigioso artefacto se limita a depositar en la mirada del espectador sólo una gota de miedo.
La estrategia de los directores no es tanto huir de las convenciones del género como hacerlas propias, convertirlas en material que se pueda sentir, tocar, oler. Y ahí es donde la cinta se hace grande.
Se hace grande a cada paso que da. Arrastra toda su tristeza hacia un lugar inidentificable que se acerca demasiado a la comedia. Por eso, su crueldad. Por eso, su lucidez.
Una película perfecta como un palíndromo. La piel de la pantalla se eriza en un escalofrío tan delicado, tan cálido, tan sorprendente que todo se quiere diferente.
Contada podría pasar por una película ya vista. Y sin embargo, algo extraño, por primario, arrastra al espectador hasta lo más profundo del entusiasmo. (...) Y, por favor, no se pierdan la inabordable actuación de J.K. Simmons.
Entre el 'thriller' emocional y la ciencia-ficción poética, se queda en espiritualismo de garrafón, con una puesta en escena tan amanerada que se vuelve definitivamente agotadora.
Josh y Benny Safdie cautivaron en 2014 con 'Heaven Knows What', un reflejo desgarrador de la vida de una heroinómana, un entrelazado de ficción y realidad que resulta profundamente impactante. La película resulta visceral, te envuelve y no deja a nadie indiferente.
Más que una película, se presenta como un 'puzzle' mal elaborado que reúne todo lo último que ha pasado por la mente de Ryan Gosling, con un sentido del ritmo y la narración difícil de justificar, incluso en algunos momentos, resulta inexistente.
Pacino no solo ocupa la pantalla, se adueña de ella. Su presencia abarca todo el espacio y se siente en cada instante. Hay un amor evidente por cada detalle, por cada vacío que deja, logrando una actuación arrebatadora.
La película avanza con tanta solidez como, admitámoslo, rutina. A favor, la intensidad fuera de duda de los actores y el guión de hierro; en contra, el efectismo.
Hacía tiempo, quizá desde que Baz Luhrmann arrancara de 'Romeo y Julieta' todo su furor adolescente, que nadie conseguía una transcripción a la vez tan original como literal de la letra de Shakespeare.
El problema radica en convertir cada plano en metáfora de nuestros días. Este recurso se repite con una insistencia tan agobiante que termina desactivando las legítimas aspiraciones de una película que, aunque salvaje por fuera, está perfectamente domesticada por dentro.