Le pierde el afán de subrayar el abismo de cada plano hasta transformarlo en fábula. Sin embargo, en los momentos en que se trasviste en simple parodia costumbrista de color negro alcanza unos grados de acidez difícilmente discutibles. Y gozosos.
Con un gesto tan auténtico como punzante, la película se adentra en un panorama desolador que refleja la vida misma. Es contundente en su claridad y efectiva en su dramatismo.
Retrato, estrepitoso y vociferante, de un país o, ya puestos, la propia condición humana. Y así. Tan metafórico, tan 'sicilianamente' veneciano. Tan ruidosa y cansinamente metafórico.
Una comedia triste. En todos los sentidos de la palabra. Sin alma, sin una historia que contar, sin aliento. (...) Allen se limita a dejar que los personajes circulen por sus obsesiones.
Comedia dramática que explora la condición femenina, la soledad y la ardua tarea de sobrevivir a uno mismo. Con un enfoque desdramatizado, incluye incluso dos huevos duros. Los diálogos son complejos y se presentan en una serie de situaciones poco probables. Aunque es una propuesta arriesgada, no logra acertar del todo.
Polanski regresa con una de sus peores obras, presentando una comedia cargada de mala fe. Se esfuerza por hacer que todos los chistes suenen desfasados, con un tono sutilmente homófobo y abiertamente misógino.
Lo propuesto es tan demoledor como libre de marca. Las imágenes funcionan como una enciclopedia simbólica de nuestro tiempo. Por cada aforismo, una pedrada.
Es una de esas comedias en la que todo está permitido: desde el costumbrismo ligeramente rancio al 'gore' descerebrado pasando por la crítica social. Todo cabe en una celebración, muy civilizada eso sí, de la comedia negra de acento británico, aunque suceda en Estados Unidos.
El director juega a trazar ironías, crear bromas y derramar sangre. El resultado es idéntico a lo que ya hemos visto antes. Sin embargo, ¿quién puede resistirse? Nadie como Neeson para silenciar a los críticos.