La genialidad antiartística de Quentin Dupieux descompone la personalidad del pintor, ofreciendo una comedia delirante, autorreferencial, inclasificable y hasta daliniana.
Turbia, confusa, histérica e irresistible. Nunca antes una película se atrevió a tanto. Aster, encantado de conocerse, ha dirigido una película sencillamente indescifrable. Entusiasma de puro fea.
Lástima que ni el ritmo de pausado simplemente mortecino ni el desarrollo, incapaz de sobrepasar la anécdota, estén a la altura ni de la subyugante idea ni del gozoso arranque de puro desconcertante.
Llama la atención su vocación de sátira y crítica mordaz desde un espacio tan ingenuo que se diría disparatado. Todo discurre de un acontecimiento a otro en una estructura río que se acerca peligrosamente a lo extenuante.
Es un material altamente inestable que solo requiere de una actriz profundamente inquietante. Y aquí, Huppert muestra una sustancia adictiva que convierte cada uno de sus trabajos en una amenaza semántica.
Es lo más parecido a una operación de desmontaje donde el escritor no tiene reparo alguno en entregar una divertidísima caricatura de sí mismo. Eso sí, por momentos, será de tanto relax, uno acaba por agotarse.
Road movie tan pendiente de los detalles absurdos como perspicaz a la hora de dibujar metáforas, gana cuando se vacía de retórica y pierde cuando cruza la línea, también delgada, que la acerca a la impostura del melodrama.
A un lado la confusión de un final necesariamente confuso, por el camino queda la brillante interpretación de Roman Duris y la soltura de una cinta tan desenfadada como irresistible
El problema es que Pasolini no acaba de creerse la desoladora profundidad ontológica de su planteamiento. Y, en efecto, la película no tarda en dejarse arrastrar por el lado más evidentemente melodramático del 'mensaje'.
Retrato, estrepitoso y vociferante, de un país o, ya puestos, la propia condición humana. Y así. Tan metafórico, tan 'sicilianamente' veneciano. Tan ruidosa y cansinamente metafórico.