Una película caracterizada por su desigualdad, donde destacan las actuaciones de Arriaga y Álex de la Iglesia, quien se atreve con la comedia. La influencia de Kusturica es notable, al igual que la capacidad de Amos Gitai de cautivar al espectador.
La película intenta ser una fábula moral, una metáfora política y un thriller de acción. Esta ambigüedad es tanto su punto fuerte como su mayor debilidad.
A su favor, los diálogos son ingeniosos y visualmente impactantes. ¿Es esta una película perjudicada por un productor que confunde la libertad creativa con el desinterés? Parece serlo.
Legrand transforma el drama del divorcio en una impactante historia de terror. La claridad de la narrativa es impresionante, fluyendo de manera coherente y sin giros inesperados, lo que aporta una notable madurez a toda la película.
Amenábar fusiona elementos de Hitchcock, los relatos de Philip K. Dick y realidades virtuales, junto con una sutil referencia al mito fáustico, para ofrecer un brillante ejercicio que demuestra su madurez como narrador.
Nadie ni nada saldrá indemne de la experiencia más arriesgada y extrema que ha visto el cine español. La pantalla se quiebra, se deshace en un relato alucinado, inestable, vertiginoso y, pese a ello, sin fisuras. Fábula sin moraleja.
El director japonés logra crear una cautivadora representación de los retos y preocupaciones que enfrenta la clase media, combinando una profunda sensibilidad con una exquisita delicadeza.
Magistral y divertido delirio entregado al placer de contar. Se trata de cuatro historias extrañas, sorprendentes, con un hilo común: la mirada incandescente de un actor que se despide.
Un thriller que combina la crítica social con un ambiente de tensión. El elenco es impresionante y el guion, aunque predecible, logra mantener el interés de manera efectiva.
Un 'thriller' que evoca una intensa nostalgia, combinando un ambiente febril e inquietante con revelaciones impactantes. Su estructura se basa completamente en la emoción de la realidad y en el inconfundible sonido de un teletipo.
La esencia de la obra de Lerman radica en mantener al espectador en un constante estado de intriga, sin poder discernir si lo que observa es fruto de su fantasía o simplemente una narrativa televisiva.