El esfuerzo por controlar las acciones del protagonista, interpretado de manera destacada por Jake Gyllenhaal, lleva a la película a caer prematuramente en tramas ya exploradas.
Pertenece a ese raro tipo de cine que se disfruta más en movimiento. No permite pausas. Es difícil no verse reflejado en los aspectos más triviales y absurdos de los gestos mostrados.
Una patada en la retina. La sensación que deja es perfectamente física: la boca seca y un agudo dolor de huesos. La perfecta radiografía de la miseria.
Un espectáculo cargado de pasión y caos, que parece haber salido de un programa de telerrealidad. Es melancólico y, lo más inquietante, excesivamente ruidoso.
Kiarostami, en su intento de emular a Roberto Rossellini, logra un resultado impresionante. Se trata de una obra que resplandece, donde el cine mismo brilla en un ejercicio de autorreflexión que es tanto placentero como excepcional.
Un filme que, al tomar riesgos y abordar su propia mortalidad de forma abierta, presenta suficientes elementos que lo hacen memorable, aunque sea solo por un momento.
Bello y encendido relato. Soberbia radiografía de la emoción desnuda filmada con exquisita sensibilidad, dada la probada habilidad de Armendáriz para disecciónar sentimientos.
A su favor, el siempre solvente trabajo de un Damon capaz como nadie de convencer con su sola presencia. En contra, el poco fuste de un relato demasiado cerca de la obviedad.
Los balbuceos pseudo-filosóficos interfieren de manera notable en el desarrollo de la historia. La ostentación visual de la obra, en comparación, se siente tan arbitraria como ingenua y, en ocasiones, se vuelve simplemente ridícula.
No es una película convencional, sino la más brillante y dolorosa representación de un sueño cinematográfico. Vigalondo nos ofrece una obra única e inclasificable, una pieza de cine soñado y eterno.