¡Vivan las cadenas! Pero lo peor de Madagascar no es su ideología, sino su incapacidad para resultar entretenida. A pesar de algunos momentos chistosos y de su buen arranque, los agotadores discursos de los personajes terminan haciéndola larga, interminablemente aburrida.
Quienes hayan disfrutado con la primera película obtendrán seguro satisfacciones con ésta. Pero, eso sí: está pensada sólo para los más pequeños de la casa.
Extraña versión de la novela de Nabokov que traiciona el sentido original. Gorris elimina la mayoría de las sugerencias presentes en la obra, dejando una trama que se vuelve predecible.
Ripoll maneja de forma excelente los tiempos cómicos, una de sus características distintivas. La inserción de elementos dramáticos refuerza la empatía hacia personajes que están cuidadosamente elaborados.
La película es mucho más que una simple historia en perfecto equilibrio entre la lágrima y la sonrisa. La solidaridad que transmite es arriesgada, pero a la vez sencilla, límpida y emocionante.
Tres profesionales excelentes, cada una de ellas logra dotar a su personaje de la credibilidad necesaria para sostener un filme que no es complaciente, sino absorbente e impecable.
El producto final es una película honesta y, quizás, necesaria. Esta obra explora las contradicciones de estas militantes violentas, quienes carecen de un partido.
Un sólido relato de supervivencias angustiadas, por sus rendijas también se cuela, y no es un mérito menor, el helado aire social de estos tiempos de derrota y desazón.
Un mix, nada posmoderno por lo demás, más bien de un clasicismo desarmante, que solo puede provenir de una cultura que se reconoce y se ama. Así se perdona la apelación patriótica y tanta broma inocentona.
Filme bellamente escrito y profundamente coherente con la trayectoria anterior de su creador, una factura impecable, un guión primoroso, unos diálogos que parecen escritos desde el alma.