Para interesados en los retratos íntimos no hagiográficos. Se diría que lo que busca (y logra) el director es la humanización de un personaje moralmente dudoso, cascarrabias, contradictorio y a menudo equivocado como fue Unamuno.
Con una animación de colores nítidos, muestra una cara poco amable del mito Buñuel y ofrece un esclarecedor retrato de un momento crucial en la historia cultural española del siglo XX.
Se aguanta bien no por su profundidad, sino porque las melodramáticas situaciones que la trama presenta son tan viejas como el cine. Es una bellísima colección de cromos, sabiamente musicados y bien interpretados.
Con su impecable caligrafía, sus asombrosas imágenes y su respeto por la historia original, podemos encontrar momentos de disfrute, siempre que logremos olvidar, aunque sea por un rato, la obra de Max Ophüls.
Una superproducción holgada de medios, que realiza una competente indagación en los entresijos de un complejo de Edipo que, aunque lo niega, no oculta su hondura. Gainsbourg destaca enormemente en su actuación.
Extraordinaria y cruel. Una soberana lección de cine bien hecho y medido, en el que los excesos quedan siempre a buen resguardo bajo el paraguas de la fábula, y donde el director jamás hace trampa.
Posee gran intensidad y una destacada dosis de riesgo; el desempeño de sus actores es sobresaliente. Nos encontramos ante uno de los mejores técnicos del cine en los últimos años.
Una narración clásicamente rancia, una ficción limitada entre dos viajes, un conjunto de personajes cuya bondad los convierte casi en idiotas. Ante todo, la película se presenta como un discurso autolaudatorio.
Un filme que parece estar diseñado más para exaltar la popularidad del actor que para ofrecer una crítica profunda sobre el colaboracionismo. La historia se enfoca en un personaje caricaturesco, el aspirante a yerno del protagonista, pero no profundiza en el trasfondo. Es una oportunidad desperdiciada para abordar el dolor y la hipocresía que rodea