La mirada de la directora no es apta para todos los públicos: su sutileza es de bisturí. Una película de inusual inteligencia, bien rodada y mejor interpretada, decididamente magnífica.
Una gran, inmensa película. Pegada a la realidad pero al mismo tiempo, inteligente pasatiempo. Denunciatoria pero sutil, el director respeta a su espectador.
Rodríguez logra salir airoso gracias a una sólida descripción de ambientes y personajes marginales, además de un toque crítico hacia la institución mucho más áspero de lo habitual y de una dirección de actores que para sí querrían muchos de sus colegas.
Lo mejor de su metraje son las secuencias de guerra, aunque presenta ciertas debilidades. El filme no logra conectar al espectador con las dificultades actuales de sus personajes, lo que resulta en una narrativa que se siente repetitiva y familiar.
Poderosamente humana, la película ilustra con especial precisión los terrores de una comunidad y se inscribe en la mejor tradición del cine de denuncia sobre la eterna herida abierta que siguen siendo los Balcanes.
Con los modos de un gran drama clásico, la película se presenta de manera fluida, aunque a veces puede parecer excesivamente lenta. Sin embargo, se siente impregnada de un tierno humanismo, ofreciendo una profunda lección sobre la convivencia social y religiosa.
Con sus momentos de elaborada surrealidad, pero también con sus excesos y su controlada locura, la película termina dinamitando los elementos interesantes que, a pesar de todo, posee.
Es un film que juega con endiablada habilidad con la emotividad del espectador con un envoltorio prodigiosamente bien compensado, en el que destaca un inmenso trabajo actoral.
La película es un destilado de saberes industriales, una verdadera colección de bien medidas dosis para conmover y, al mismo tiempo, llenar las taquillas. Es, dicho rápido, cine comercial de denuncia. (...) en su afán por convertir a la Guerin en heroína, Schumacher y sus guionistas no se paran en minucias.
Sigue imperando el gusto por el género sin mayores explicaciones, por la narración en estado puro: por el cine de palomitas y ojos abiertos de puro asombro, por el viejo y perdido cine de barrio.
Digámoslo de entrada: a sus 54 años, Steven Seagal ya no está para hacer como si fuera un jovencito. Se enfrenta a una historia desgastada y predecible, con una rutina de combates marciales que carece de originalidad.
Lo que perjudica al conjunto es, por un lado, la falta de justificación en algunas escenas, y por el otro, la clara inclinación hacia el falocentrismo. Esta combinación convierte lo que podría haber sido un buen thriller y un filme de dramaturgia equilibrada en algo completamente diferente.
Parte de dos intenciones tan extremas como apasionantes: una, la reflexión sobre los límites del amor otra, cómo hacer para que, sin abandonar nunca el punto de vista del asesino, el espectador no se limite a juzgarlo. Ambos desafíos los supera el director, y con creces.