Ofrece un retrato amplio de un humanista terco, lúcido y potente, convencido de las posibilidades de la conversación y consciente desde hace años de que la forma de hacer las cosas es tan importante como el resultado final.
Gracias a una vibrante fotografía a color, escenarios que parecen sacados de un sueño y unas confrontaciones tan elegantes como escenas de baile, es una muestra del cine asiático que abrió nuevos caminos para el género.
No hay aquí un solo instante de chispa o conexión entre los personajes. Todo resulta correcto, pero carente de vida; agradable, pero al final, uno se da cuenta de que no quedó ninguna huella.
Es una reflexión que tiende a la desesperanza, filtrada como está por un viaje a ninguna parte sin regreso posible, que se presenta delicada y líricamente, y con una melancolía tan fuerte que al final es eso lo que queda resonando.
Es una película extraña, con imágenes que quedan resonando más allá de la sala de cine, pero también sitiada por una superficialidad que nunca se supera.
Le hace falta la fluidez visual de las otras películas y, así, los clichés de los que parte se hacen más evidentes. Recubierto de un sentimentalismo fácil, hace que uno termine sintiéndose frente a uno de esos filmes de relleno.
Hay algo que no termina de cuadrar en este matrimonio arreglado entre Stone y Snowden. El personaje es demasiado simple y callado, carece de profundidad y resulta anodino para el andamiaje formal.