La serie presenta un formato típico de Netflix, con episodios que terminan en momentos clave para fomentar el maratón de visualización. Aunque esto pueda parecer cuestionable, resulta inevitable sumergirse en ella de manera voraz y acelerada.
Con exilios, separaciones y reencuentros, un jazz exquisito y un final que se siente precipitado, Pawel Pawlikowski hace evidente que esos amores que Szymborska imaginó existen con la fuerza suficiente para intentar sobreponerse a las zancadillas de la historia o del destino.
La fuerza de la prosa de Rosario Castellanos otorga un profundo significado al drama. La película entrelaza diferentes períodos para evidenciar las expectativas desiguales que se imponían a hombres y mujeres en esa época.
Hace un recuento juicioso, pero no se detiene a problematizar la visión simplista y binaria que implica considerar la vida únicamente en términos de ganadores y perdedores.
Williams hace su mejor intento, aunque no es del todo exitosa. A ratos se va por el abismo de lo caricaturezco que la película, dirigida por Simon Curtis, veterano de la televisión inglesa, no puede evitar.
La película dosifica la información para que el espectador comparta la desubicación, rabia y desconfianza del protagonista, mientras lo sigue dando vueltas en esta isla llena de lugares tenebrosos.
A pesar del limitado presupuesto y de una duración de dos horas y media que en ocasiones parece excesiva, esta película se presenta como un experimento que busca recuperar la esencia del cine de acción combativo y militante de la década de los setenta.
La película no se limita a enfocarse en su trama principal, lo que provoca una dispersión en la narrativa. Los diálogos tienden a repetir las acciones, las escenas son reiterativas y la música es evidentemente dramática.