A pesar de un guion ambicioso de Wadlow y Beau Bauman, resulta complicado interesarse por tópicos tan reciclados que harían sentir orgulloso a Greenpeace.
Tiene el sentir resonante del mito, alentado por interpretaciones tan agresivas como compasivas, por parte de los hombres que están a ambos lados de los barrotes.
Para aquellos que no están familiarizados con Miyazaki, la película puede resultar un tanto tediosa, pero para quienes, como yo, aprecian su trabajo, ofrece una visión valiosa y fascinante de su vida interior.
Es una lección de estoicismo artístico y de la posibilidad de envejecer con gracia dentro de los confines de una forma de arte que casi siempre premia la juventud y castiga (o, lo que es peor, olvida) a los mayores de 30 años.
No es frecuente que te encuentres con una película tan única como esta. Aunque mi aprecio por el hígado, las luces y las mollejas ha cambiado, sigue siendo una opción interesante después de Halloween.