El estilo y el suspense son solo una parte de la historia, en un guion de David Scarpa que también brinda reflexiones filosóficas sobre el poder y la naturaleza del dinero.
No vale la pena intentar descifrar las distintas tramas. Hay numerosos agujeros narrativos y, cuanto más reflexionas sobre ellos, peor se vuelve la experiencia.
Lo que la eleva más allá de una simple crónica de drogas es la sensación de que Gilliam, al igual que Thompson, tiene un control absoluto sobre su arte, mientras se deja llevar por fuerzas impredecibles que escapan a su control.
La película dice estar basada en archivos de casos reales de un policía que se convierte en demonólogo. Sin embargo, se siente más como un collage de guiones rechazados de películas de terror.
Imaginad estar sentados delante de una película que dura 139 minutos, de los cuales 45 sobran y presenta cinco subtramas innecesarias. Al igual que Momoa, al principio resulta atractivo, pero pronto se vuelve agotador.