Genera dosis efectivas de tensión a partir del evidente riesgo que afronta su héroe, pero a cambio resulta tan inverosímil que acaba insultando a la audiencia y trivializando los horrores que recrea.
Construye un mundo de colores apagados que transmiten sobriedad y control, evitando adentrarse en lo sobrenatural para capturar el horror de un mundo abocado al desastre.
Al actor Eisenberg no le favorece ni el excesivo sentimentalismo de la historia ni la tendencia de los diálogos hacia una solemnidad estereotipada. Lo más notable de ‘Resistencia’ es su simple existencia.
Es digna de admiración por sus imposibles secuencias de acción, su voluntad de hacer lo que haga falta para no aburrir, y el orgullo con el que luce su condición de cine 'trash'.
Logra un difícil equilibrio entre lo absurdo y lo trágico. Waititi utiliza un humor crudo y una estética que evoca a Wes Anderson, haciendo que los nazis se presenten como verdaderos bufones.
Terrence Malick parece estar en un laberinto creativo, dedicando gran parte de la película a presentar diversas reinterpretaciones de unas pocas situaciones. Mientras tanto, insiste en resaltar la metáfora religiosa que sostiene la narrativa.
Tres pesadísimas horas de metraje para ofrecer una narración exasperantemente ramplona, lastrada por los personajes más unidimensionales y el más tosco sentimentalismo.
Tiene pocas cosas que decir sobre la esencia de un gran líder que no hayamos oído ya. Al verla uno siente que su única razón de ser es proporcionar a Gary Oldman su Oscar.
A medio camino entre el biopic y el thriller, esta adaptación del best-seller de Laurent Binet sobre el general Reinhard Heydrich resulta inconsistente y académica.
Es complicado concebir una manera más aburrida de narrar la división de India en 1947 que la presentada en esta versión pomposa de un telefilme, donde cada línea de diálogo se siente excesivamente expositiva.
Logra que su eficacia como homenaje al espíritu del Hollywood clásico suplante sus carencias como relato de pasiones y traiciones en tiempos de guerra.
El Cranston de Trumbo se instala en el exceso. La misma falta de sutileza lastra al filme en su conjunto, una narración encorsetada por la linealidad cronológica y una estética de telefilme que aniquilan el drama.
Cargado de pesado simbolismo y excesivamente expositivo, el relato también se desvía en demasiadas direcciones tediosas antes de llegar a una conclusión que traiciona fatalmente al héroe.
Un tratado psiquiátrico pretencioso y plomizo disfrazado de relato sobre la amistad. Un traspiés en toda regla por parte del francés Arnaud Desplechin, un director bueno de veras.
La película resulta mecánica y repetitiva, presentando una serie de clichés cinematográficos que giran en torno al triunfo del ser humano frente a la adversidad.
Contemplarla ofrece la sensación de estar asistiendo a una representación teatral en directo. En última instancia, la nueva película confirma qué buena sociedad artística forman Anderson y Dahl.
Moretti demuestra un deseo de hacer un inventario de su vida, su obra y sus convicciones, adoptando una postura más cercana al onanismo que a la autocrítica.
Tan atiborrada de personajes y planos narrativos que solo se deja admirar desde la distancia. No hay hueco para entrar en ella. El chorreo de información verbal y visual es tal que, literalmente, uno sale del cine agotado.
Una película incapaz de transmitir personalidad, energía y pasión. Pese a que su director es un artista extraordinariamente dotado para la narración visual, no ofrece ni una idea de puesta en escena ni un hallazgo formal.