Es complicado concebir una manera más aburrida de narrar la división de India en 1947 que la presentada en esta versión pomposa de un telefilme, donde cada línea de diálogo se siente excesivamente expositiva.
Logra que su eficacia como homenaje al espíritu del Hollywood clásico suplante sus carencias como relato de pasiones y traiciones en tiempos de guerra.
El Cranston de Trumbo se instala en el exceso. La misma falta de sutileza lastra al filme en su conjunto, una narración encorsetada por la linealidad cronológica y una estética de telefilme que aniquilan el drama.
Cargado de pesado simbolismo y excesivamente expositivo, el relato también se desvía en demasiadas direcciones tediosas antes de llegar a una conclusión que traiciona fatalmente al héroe.
Un tratado psiquiátrico pretencioso y plomizo disfrazado de relato sobre la amistad. Un traspiés en toda regla por parte del francés Arnaud Desplechin, un director bueno de veras.
La película resulta mecánica y repetitiva, presentando una serie de clichés cinematográficos que giran en torno al triunfo del ser humano frente a la adversidad.
Contemplarla ofrece la sensación de estar asistiendo a una representación teatral en directo. En última instancia, la nueva película confirma qué buena sociedad artística forman Anderson y Dahl.
Moretti demuestra un deseo de hacer un inventario de su vida, su obra y sus convicciones, adoptando una postura más cercana al onanismo que a la autocrítica.
Tan atiborrada de personajes y planos narrativos que solo se deja admirar desde la distancia. No hay hueco para entrar en ella. El chorreo de información verbal y visual es tal que, literalmente, uno sale del cine agotado.
Una película incapaz de transmitir personalidad, energía y pasión. Pese a que su director es un artista extraordinariamente dotado para la narración visual, no ofrece ni una idea de puesta en escena ni un hallazgo formal.
Nadie pone en duda que Luhrmann siente un genuino interés por Presley. Sin embargo, su película explota la iconografía de Elvis de manera poco sutil, recordando la actitud del Coronel Parker al aprovecharse de su talento sin reservas.
Chukwu mantiene la película alejada de los clichés narrativos que suelen afectar a los biopics de Hollywood, aunque ni en sus inicios ni en su clímax puede escapar del exceso de sentimentalismo.
'Earwig' transita constantemente por un territorio incierto entre la realidad, los sueños, la memoria y el delirio. A lo largo de su desarrollo, logra transformar la fealdad humana en una serie de imágenes cautivadoras que hacen que, al verla, uno casi se olvide de parpadear.
La película se ve afectada por diversas subtramas innecesarias, un esfuerzo por desarrollar ideas exclusivamente a través de los diálogos y una notable falta de acción y tensión.
Una película modélica en todos los sentidos, un verdadero regalo. Su brillante trabajo de iluminación en blanco y negro resalta una textura bellísima y una profundidad de campo que deja sin aliento.
Mientras narra el ascenso profesional de su protagonista, la película se concentra tanto en exaltar su brillantez que descuida mostrarla como un ser humano genuino.
Los personajes están trazados en blanco y negro, y el clímax dramático ofrece una resolución demasiado fácil que no respeta la lógica ni la progresión emocional de la historia.
Los tonos van alternándose de forma atropellada de una escena a la siguiente. Los Coen han refinado su método hasta tal punto que sus historias casi parecen fáciles de contar, y 'Suburbicon' demuestra que no es así.