La película parece dar más importancia a seguir fórmulas narrativas gastadas que a retratar la realidad. Jang Hoon se ve afectado por una notable falta de sutileza al enfatizar su mensaje sobre la guerra y la violencia estatal.
Intriga visualmente impactante que utiliza diversas amenazas para generar tensión de manera efectiva. Sin embargo, su principal debilidad radica en el aspecto humano, ya que todos los personajes carecen de profundidad.
Generosas dosis de humor negro acercan el relato al terreno de la farsa, pero no le restan contundencia a su comentario sobre los nefastos efectos de la corrupción. Es un efectivo cuento moral tragicómico.
Se da unos aires de trascendencia del todo injustificados. Sus personajes son meros esbozos; su narrativa, una rudimentaria sucesión de clichés del cine judicial; su 'look', pura tosquedad televisiva.
La película es más efectiva en su primera parte, donde utiliza el humor negro para abordar la represión política. Sin embargo, su segunda mitad se siente excesivamente suave. A pesar de esto, logra ser convincente.
Traza dos fronteras es una lástima que la película no llegue a conectar ambos asuntos. El trazo grueso que evidencian las caracterizaciones no hace sino enfatizar la predictibilidad general del relato.
Un Salinger de saldo ofrece el tipo de relato de iniciación y aprendizaje que el exceso de uso ha convertido en fórmula. Y lo hace de una forma que resulta inequívocamente convencional y rutinaria.
Mientras transita entre el thriller metafísico, la road movie alucinada y el western horripilante, Sidi-Boumédiène se revela como el hijo imposible nacido de la unión entre David Lynch y Michelangelo Antonioni.
La película transmite una profunda sensación de tedio. No parece decidir si enfocarse en las operaciones clandestinas de los espías o en el drama familiar de uno de los personajes. Como resultado, no logra generar interés en ninguno de los dos aspectos.
Obra a la vez urgente y meditabunda, romántica pero pragmática, llena de melancolía y también de alegría de vivir. Posiblemente, la mejor película del francés Christophe Honoré.
Brad Pitt está definitivamente de regreso en un estupendo drama de ciencia-ficción que puede definirse como una versión apócrifa de 'El corazón de las tinieblas'.
Regreso a un cine elemental, resulta hipnótica aunque algo predecible en su enfoque formal y en los paralelismos que establece entre el viaje exterior y el interior.