A la vez previsible e impenetrable, la atención al detalle proporciona a la película una convincente autenticidad. Sin embargo, en esencia, Bellocchio no revela mucho sobre los secretos de la Mafia.
Logra esquivar varios de los clichés argumentales típicos de los biopics habituales. Es una obra que funciona a ratos, y en concreto los ratos que mejor le funcionan son una serie de febriles secuencias de fantasía musical.
Derrocha frescura y aire aventurero al tiempo que plantea interesantes cuestiones. Lo logra con una energía visual desbordante, equilibrando con habilidad momentos de humor absurdo y otros de profunda carga emocional.
Quienes no esperen de 'El rehén' más que un homenaje a las historias clásicas de espías, eficazmente lleno de tiroteos y persecuciones, y con una atmósfera confusa, encontrarán lo que buscan.
Cosmatos corre el riesgo de provocar una sobredosis a aquellos espectadores con baja tolerancia al lunatismo. Por lo que respecta a todos los demás, que tengan feliz viaje.
Toda la tensión generada por la lucha por la supervivencia se ve socavada por los frecuentes recuerdos de un romance que carece de profundidad y está saturado de dulzura.
La película parece dar más importancia a seguir fórmulas narrativas gastadas que a retratar la realidad. Jang Hoon se ve afectado por una notable falta de sutileza al enfatizar su mensaje sobre la guerra y la violencia estatal.
Intriga visualmente impactante que utiliza diversas amenazas para generar tensión de manera efectiva. Sin embargo, su principal debilidad radica en el aspecto humano, ya que todos los personajes carecen de profundidad.
Generosas dosis de humor negro acercan el relato al terreno de la farsa, pero no le restan contundencia a su comentario sobre los nefastos efectos de la corrupción. Es un efectivo cuento moral tragicómico.
Se da unos aires de trascendencia del todo injustificados. Sus personajes son meros esbozos; su narrativa, una rudimentaria sucesión de clichés del cine judicial; su 'look', pura tosquedad televisiva.
La película es más efectiva en su primera parte, donde utiliza el humor negro para abordar la represión política. Sin embargo, su segunda mitad se siente excesivamente suave. A pesar de esto, logra ser convincente.
Traza dos fronteras es una lástima que la película no llegue a conectar ambos asuntos. El trazo grueso que evidencian las caracterizaciones no hace sino enfatizar la predictibilidad general del relato.
Correcta, la película se adentra en la figura de Martin Bryant, quien en abril de 1996 asesinó a 35 personas e hirió a otras 23 en Port Arthur, Tasmania. La narrativa se centra en las circunstancias que lo llevaron a cometer esta trágica masacre.
Un Salinger de saldo ofrece el tipo de relato de iniciación y aprendizaje que el exceso de uso ha convertido en fórmula. Y lo hace de una forma que resulta inequívocamente convencional y rutinaria.
Mientras transita entre el thriller metafísico, la road movie alucinada y el western horripilante, Sidi-Boumédiène se revela como el hijo imposible nacido de la unión entre David Lynch y Michelangelo Antonioni.