Pese a que Dench aporta emotividad y matices a las pocas escenas en las que aparece, en general la película se siente como una serie de diálogos tediosos pronunciados por personajes mal desarrollados.
Amarga, lacerante y brutal, esta película ofrece una experiencia cinematográfica intensamente opresiva. Loznitsa demuestra una extraordinaria habilidad para ofrecer diagnósticos impactantes sobre la condición humana.
Es una venenosa sátira sobre la Viena del siglo XVIII a partir de la historia de un esclavo. Una sátira tan hieráticamente violenta como inconfundiblemente relevante.
Sorkin tiene el talento para narrar historias de manera endiabladamente entretenida. Sin embargo, la película llega a un punto en que se cuestiona las motivaciones de la joven, lo que no solo lleva a Sorkin a explicarse en exceso, sino que también resulta en una condescendencia evidente.
Cierto que los perfiles de casi todos ellos pecan de familiares, y que la narración es previsible de principio a fin, pero la película logra colarse entre las grietas de esas convenciones para hallar la humanidad de sus héroes.
Se muestra rotundamente efectiva generando tensión escena a escena hasta arrojarnos a un clímax literalmente paralizante que esquiva los trucos más trillados del género.
Ofrece muchas buenas intenciones, mucho sentimentalismo y paisajes soleados, y muy poco más. Sus intentos de hacernos llorar resultan previsibles y se sienten como una evidente manipulación.
Película de intenciones claramente nobles, que busca retratar el trauma que sufren los soldados al regresar a casa. Sin embargo, se ve afectada por la falta de sutileza del director Jason Hall.
Thompson utiliza un estilo visual que imita claramente el presentado por Guy Ritchie, complementándolo con un tono alegre que desdibuja cualquier sensación de tensión dramática.
Aunque en última instancia la película no aporte ninguna novedad sobre el arte o el amor, sí ofrece reflexiones valiosas sobre las relaciones a largo plazo.
Stone decepciona. 'Snowden' es algo que, hace dos décadas, en su época dorada como cineasta político, nadie habría esperado de Oliver Stone: una obra insípida, correcta y blanda.
Derrocha un pueril idealismo que resultaría menos sangrante si los personajes no fueran meras máquinas expendedores de obviedades sobre la naturaleza de los conflictos armados.
A pesar de sus pretensiones poéticas y simbólicas, no presenta una sola idea visual original. Se enfoca más en las demandas de un cine premiado que en el de aquellos que buscan cambios radicales.
No ofrece ni la diversión típica del cine de acción, ni el suspense propio de un thriller, ni la hondura emocional habitual en los dramas humanos. A pesar de esto, logra generar una energía visceral considerable y, en ciertos momentos, nos sumerge en el horror.
La película se limita a encadenar montajes de imaginería fascista y situaciones climáticas tan comunes que, en lugar de generar tensión, terminan por eliminarla.
Bercot utiliza ornamentaciones visuales poco atractivas y planos innecesarios de violencia para intentar darle profundidad a lo que, en realidad, es un largo telefilme que se siente repetitivo, maniqueo y sentimental. Su enfoque no funciona.
Todas las imágenes son un despliegue de precisión técnica que no nos permite sentir ni frío, ni dolor, ni nada en absoluto. Al final, se convierten en meras fotografías, visualmente impresionantes, pero cada una de ellas está inmersa en 156 minutos de metraje que carece de vida.
A pesar de sus fallos, The Lady in the Van se presenta como un entretenimiento bastante efectivo, gracias al notable desempeño de la experimentada actriz Maggie Smith.