Logra ser aterradora sin necesidad de recrearse en imágenes escabrosas, y dejando que sean los interrogantes que envuelven la dolencia lo que nos suma en la inquietud.
Material para desguace. Los 'gags' son repetitivos y no particularmente graciosos, además de presentar giros argumentales erráticos. Las secuencias de acción están filmadas de manera poco competente.
La película presenta una serie interminable de persecuciones, cadáveres y explosiones, lo que puede volverse tedioso. La acción, que intenta ser espectacular, carece de la originalidad que presume, y cada escena se siente excesivamente alargada.
El tipo de fantasía medieval que podría crear un niño con déficit de atención resulta poco convincente, incluso en las escenas de tortura. La trama pierde ritmo y se vuelve excesivamente monótona.
La película se centra más en la evocación y la invocación a través de fragmentos de imágenes que en la suposición, ofreciendo una reflexión sofisticada sobre la elusividad de la identidad.
Inaccesible e incomprensible para muchos. Es una obra realmente bella, repleta de sugestivas imágenes; sin embargo, la belleza sin significado no puede considerarse arte.
Es lógico que aspire a ser un reflejo de su predecesora, aunque esta sea mediocre. Todo lo que ofrece son unos niños que corren a través de una trama amorfa, que no logra mantener nuestra atención.
El problema fundamental de la película no radica tanto en la vulgaridad de su humor, sino en la apatía y la falta de ritmo con la que el director David Bowers lo ejecuta.
La visión de Affleck se enfoca en la intimidad en lugar de en el espectáculo. Aunque el relato tiende a ser esquemático y repetitivo, se van sumando momentos fascinantes que logran mantener el interés.
La mejor película de Paul Schrader en 15 años es una obra llena de dolor e ira contenida, otro de sus grandes estudios sobre la desesperación y la soledad espirituales.
'Green Room' es un ejercicio magistral en la creación de suspense, salpicado con momentos de brutalidad y humor negro. Te mantendrá al borde de tu asiento y no podrás evitar aferrarte a los brazos de la butaca.
Sigue la receta clásica del cine gastronómico y la carencia de personalidad en la narrativa se ve contrarrestada por imágenes que despiertan el apetito, además de varias dosis de un sentimentalismo excesivo.
Aunque el dolor por la pérdida y los secretos que la muerte hace aflorar son ingredientes dramáticos algo trillados, es la habilidad al usarlos lo que otorga a 'El repostero de Berlín' un sabor distintivo.