A menudo se siente más como el episodio piloto de una sitcom que un largometraje, aunque al menos es una sitcom que logra entretener sin menospreciar nuestra inteligencia.
Lo que dota a esta extraña película de su belleza, brutalidad emocional y poder conmovedor es Cage, cuyo trabajo transmite misterio, ternura y rabia reprimida.
Sigue la receta clásica del cine gastronómico y la carencia de personalidad en la narrativa se ve contrarrestada por imágenes que despiertan el apetito, además de varias dosis de un sentimentalismo excesivo.
Aunque el dolor por la pérdida y los secretos que la muerte hace aflorar son ingredientes dramáticos algo trillados, es la habilidad al usarlos lo que otorga a 'El repostero de Berlín' un sabor distintivo.
Mungiu brilla con 'Graduación', tejiendo una compleja red de dilemas morales con precisión y sobriedad, mostrando el desinterés por juzgar que ya demostró en '4 meses, 3 semanas y 2 días'.
Película inagotablemente sorprendente, hilarante y conmovedora, que invita a múltiples reflexiones y consolida a Roy Andersson como un cineasta excepcional.
Lo que la eleva sobre sus predecesoras son los niveles de intimidad y desoladora belleza que alcanza. Merece todos los elogios que ha recibido desde su estreno.
La película recurre a estereotipos y caricaturas, así como a una artificiosidad narrativa y emocional que evita profundizar en reflexiones significativas, lo que la hace superficial y poco arriesgada.
Es difícil recordar otra película tan precisa en la representación de la discusión entre dos personas que se aman. Con esta última entrega, la serie logra una magnitud realmente épica, convirtiéndose en uno de los más destacados retratos de la agridulce experiencia romántica.
Película con un gancho visual impactante, pero presenta una serie de ideas poco desarrolladas, más parecidas a una conversación entre estudiantes desfavorecidos por el uso de drogas que a una profunda exploración filosófica.
Hess concibe cada personaje como una simple colección de peculiaridades. Sus criaturas están tan sobrecargadas de malas ideas que resulta complicado entender cuál es el verdadero chiste.
Kamiyama intenta, aunque sin mucho éxito, unir dos realidades dispares que compiten entre sí. Sus esfuerzos por reflexionar sobre estos temas se ven opacados por una narrativa dispersa y la complejidad del universo onírico.