Nueva confirmación -por si a alguien le hace falta a estas alturas- de que Miller es uno de los autores más excelsos que existen del tipo de ‘blockbuster’ que exige ser experimentado frente a una pantalla gigante y a un volumen lo más alto posible.
Resulta difícil resistirse a ella tanto por la convicción con la que el material argumental es manejado por Besson como sobre todo por la milagrosa capacidad de Caleb Landry Jones para poner en pie un personaje imposible.
La película dura 126 minutos y durante casi 100 de ellos, el espectador se siente perdido. Es complicado involucrarse en la intriga central hasta que, al final, comienzan los disparos y la sangre salpica por doquier.
Es la confirmación de la resurrección de Schrader. Su protagonista representa otro de esos personajes existencialmente atormentados que tanto le gusta abordar y que realiza con maestría. Que no deje de escribir sobre ellos, por favor.
Eggers amplia pero no profundiza. A pesar de estar repleta de vísceras, gruñidos, violaciones y pillaje, la película de Robert Eggers transmite la sensación de no ser lo suficientemente bizarra y perturbadora.
Guadagnino consigue que las relaciones entre los personajes se enreden cada vez más, lo que reafirma su talento como un excelente retratista de la urgencia sensual.
La película busca constantemente alcanzar un tono grandioso y épico, recordando a ‘Fanny y Alexander’ de Ingmar Bergman. Si bien no logra cumplir con esas altas expectativas, eso no le resta valor.
Gracias a la elocuencia y el sentido del ritmo que el director exhibe, funciona a la vez como un potente alegato contra la homofobia, una intriga absorbente, un demoledor retrato de incompetencia parental.
Especialmente durante su primera parte, la película resulta muy absorbente y mantiene su fuerza. La habilidad de Carpignano para conectar con el espectador sin caer en el sentimentalismo ni en la cursilería es notable.
Agresivamente decepcionante. Una sucesión de sangrientos actos de venganza saturados de estilización y vacíos de significado. Un deslumbrante envoltorio y nada más.
Na Hong-Jin se establece como el complemento perfecto de Park Chan-Wook y Michael Mann en esta poderosa manifestación de energía, violencia y nihilismo. Aunque su ritmo es vertiginoso, 'The Yellow Sea' deja una impresión duradera a través de sus instantes de tranquilida.
La película no logra capturar la esencia mágica que uno esperaría. Los personajes son agradables, pero carecen de profundidad, lo que hace que la existencia de 'Animales fantásticos' se sienta más como una táctica comercial que como una obra auténtica.
Tan enrevesada y tan llena de sinsentido como su predecesora. Aún peor, reemplaza el auténtico ilusionismo por aburridos 'flashbacks' y largas disertaciones.
Sus peleas son exóticas, llenas de color y carecen de lógica, rozando la psicodelia. El enfrentamiento final es una manifestación pura del estilo shakesperiano.