Presenta una gran cantidad de personajes y conceptos interesantes, pero al final se siente más como una recopilación de escenas entretenidas que como una obra unificada.
No hace ningún esfuerzo por refrescar la memoria sobre lo que ocurrió en las entregas previas. Los nuevos espectadores de la saga tendrán que usar su imaginación para poder conectar la historia.
Que esta tercera entrega se considere la menos ridícula de la saga no significa que no conserve ese elemento. Las escenas de acción caen en la repetitividad y carecen de la energía necesaria para mantener el interés.
Casi idéntica a sus predecesoras, esta entrega presenta una notable inconsciencia sobre su propia falta de profundidad. La estética techno-gótica, que ya lleva décadas desfasada, se repite sin renovación, y la falta de iluminación es nuevamente evidente.
A lo largo de gran parte de la película, los espíritus que acechan a los Lambert parecen ser reflejos de traumas familiares. Los sustos que siguen se reducen a ruidos imprevistos y efectos poco elaborados.
Se expresa fundamentalmente a través del lenguaje visual, presentando composiciones meticulosas y utilizando técnicas como el desenfoque y los primeros planos para intensificar la tensión dramática.
Pattinson destaca en esta trama moral, que se vuelve monótona y predecible a medida que se desarrolla, presentando situaciones cada vez más repetitivas.
El director kazajo presenta las aventuras del 16º presidente de Estados Unidos a través de una serie de escenas de acción exageradas, cómicas y casi innovadoras. A pesar de su falta de sentido, resulta ser una producción entretenida.
La mejor adaptación de la novela de Charlotte Brontë hasta la fecha, con una recreación precisa y sustancial que rebosa poesía, aunque al final se siente limitada por un exceso de inteligencia y buen gusto.
Deambula en la inmensidad de sus ambiciones temáticas, y empieza a acumular minutos y minutos de metraje llenos de caminos narrativos que no van a ningún lado y personajes que pierden el norte.
El tono de la película oscila entre lo cómico y lo sombrío, así como entre lo dulce y lo crudo. Aunque se extiende más allá de lo necesario, Garrone logra equilibrarlo gracias a un impresionante repertorio de imágenes impactantes que ofrece de manera constante.
Ofrece suficientes alicientes para los que busquen deleitarse con el vistoso atrezo o perderse en sus giros argumentales, pero carece del tipo de intrepidez formal o de ingenio narrativo necesario para otorgarse a sí misma una razón de ser del todo convincente.
Un enfoque narrativo elíptico y a menudo desorganizado, con más fallos de los recomendables. Sin embargo, hay instantes que logran emocionar y presenta una auténtica capacidad para provocar inquietud.