Elocuente y tierna, a la vez tan triste como bella. Es lamentable que hayan optado por adornarla con una voz en 'off' innecesaria y una banda sonora repleta de canciones que parecen sacadas de playlists recomendadas por Spotify para viajes por carretera.
Las referencias de Ferry se alejan progresivamente de 'Máximo riesgo' para acercarse a 'Deliverance'. La sugestión amenazante da paso a una explicitación ridícula y grotesca.
Kawamura recurre en exceso al melodrama y a la sobreactuación, sin embargo, logra equilibrarlo al otorgar a la película una notable sofisticación estética, un cuidadoso uso de los símbolos y un montaje impresionista.
Banaliza tanto el alzhéimer como las heridas abiertas del Holocausto. En el eje central de la película, Christopher Plummer ofrece una actuación magistral que contrasta con el entorno, como un chef con estrella Michelin dirigiendo un McDonald’s.
Su existencia es una buena noticia, ya que representa un regreso festivo por parte de su director. Sin embargo, también evidencia que es mejor contar con la cercanía de su hermano.
Los hermanos belgas logran acercarse a lo mejor de su carrera con la conmovedora historia de dos jóvenes inmigrantes africanos. Su inigualable sentido de la economía narrativa asegura que cada escena de la película sea necesaria y relevante.
Una obra definitivamente austera, a la que no sobra ni una escena ni un solo gesto dramático, y que aun así se muestra rebosante de sustancia sobre la que hacernos meditar (...) y de capacidad para hacernos un nudo gigantesco en la garganta.
Su metraje avanza con lentitud y la película no logra alcanzar la intensidad dramática necesaria. Además, sus escasas virtudes se ven opacadas por sus excesos.
Evita juicios a la hora de retratar cómo la tecnología ha transformado el romanticismo, mostrando un desenfado y una sensualidad que son excepcionales en la obra de su director.
Formularia y predecible. Aunque las escenas de carreras son deslumbrantes, 'Le Mans ’66' resulta ser una película vacía. Hasta la saga 'Fast & Furious' tiene más alma.
Magnífico western. Reichardt confirma una vez más que su método narrativo minimalista no está reñido con la creación de suspense ni con su infinita capacidad para conmover.
Xavier Dolan toca fondo una vez más para abordar esta película. Para enfrentarse a ella sin sentir ganas de ejercer la violencia, no es suficiente con soportar su constante afectación. También se requiere una alta tolerancia al narcisismo que caracteriza la obra de Dolan.
Derrocha calidez y lecciones sobre la importancia de los lazos afectivos, y se muestra mucho más cargada de buenas intenciones que de verdadero interés dramático.
Detallado desarrollo de los personajes. Un impecable trabajo de animación deslumbra por sus inmersivos ángulos de cámara y sus alusiones a estilos estéticos como el pop art y el impresionismo.
Un sensual retrato de liberación adolescente y rebelión creativa que derrocha una energía vibrante, cruda, frenética y apasionada, característica de toda película con vocación punk.
Heller se las arregla para escapar tanto de la mera santificación del personaje como del exceso de sentimentalismo, y al mismo tiempo exhibe buena mano para equilibrar lo cómico y lo melancólico.
Adopta un tono apagado que resulta muy eficaz. Batra modera tanto el aspecto sentimental como los elementos cómicos y dramáticos, lo que desemboca en que sus dos protagonistas se conviertan en figuras casi vacías.
No tiene interés en ser lo que supuestamente es. Tampoco se molesta en dar explicaciones lógicas sobre el comportamiento de sus personajes. Parece contentarse con existir; esas actrices merecen más.