Técnicamente, tanto en lo visual como en la compleja banda sonora, la película ofrece lo mejor de sí misma, con una construcción del plano y de la secuencia muy bien trabajada.
Oldman se ha transformado en su personaje, Winston Churchill. Tanto su actuación como la dirección de Wright son destacables por su impecable puesta en escena, la profundización del personaje y la narración de la historia.
El argumento se guarda algunas sorpresas, evitando caer en un simple melodrama. Sin embargo, uno de los principales problemas de la película radica en la falta de justificación adecuada para los comportamientos de su protagonista.
Una narración fluida y accesible, en ocasiones con un toque de humor, sobre el infierno que enfrentaron algunos de los grandes íconos del cine. Bryan Cranston brilla en su interpretación.
El trabajo de dirección carece de audacia. Sorprendentemente, Marian Álvarez logra hacer llevaderos cada uno de los tropiezos del guion. Ambas actrices destacan como lo mejor de esta película que se siente algo desgastada.
Hay intriga, peligro, ironía, un toque de inesperado romance y la píldora ética elude o camufla en cambio lo trágico de la guerra y cae en la imagen tópica del nazi y el soviético.
Desplechin narra la historia con sinceridad y simplicidad, pero esto no logra disipar la sensación de indiferencia que provoca. La actuación de Mathieu Amalric no logra aportar el más mínimo atractivo a este relato que termina siendo monótono.
La potente imaginación del cineasta convierte la película en un constante estupor visual y en una trama llena de hechizo y pavor, sin que ninguna de las dos destruya a la otra.
Esta película presenta una nueva división del mundo: aquellos que esperan y aquellos que nunca llegan. Elocuente silencio complementado por la expresión altiva de Mercedes Sampietro y la postura derrotada de Álvaro de Luna.
Al ácrata Moretti le ha divertido jugar como escarnio, rapapolvo, en una película tan llena de homenajes, al cine, a la resistencia, a los principios, a la crítica nostálgica…
Se puede decir que esta película asume el riesgo de ser fiel a uno de los clásicos del cine japonés sin dejar de ser también fiel a ese cine británico de horma y aroma inconfundibles.
No es contenida emocionalmente, y tal vez ni siquiera se busque o se merezca esa contención, pero ello hace que se resienta en su impacto contra un espectador más resabiado en el uso del tópico cinematográfico.
Se puede apreciar una sutil gracia en los momentos de la parada en Cannes, así como en la presencia juguetona de Liz Taylor, interpretada por Serinda Swan.
Una narrativa sencilla y clara que busca facilitar la comprensión de los hechos y los personajes, a pesar de su entrelazado temporal. Está bien ambientada y presenta una atractiva construcción de los personajes.
Una panorámica visualmente espectacular sobre la moda de mediados del siglo pasado. Lo más destacado de la película es la manera en que este director, tan astuto, adorna internamente a sus personajes.
Grandiosa sátira. Los diálogos, la química entre los personajes, y la simplicidad de la puesta en escena se combinan para crear una juerga tragicómica que aborda al personaje y su entorno de manera devastadora.
Nichols logra aquí el insólito milagro de contarnos esta dramática historia sin caer en los clichés racistas y en la brocha gorda. Magnífica interpretación de la pareja, Joel Edgerton y Ruth Negga.