Es un catálogo de atractivos, desde la nave a sus protagonistas, desde los dilemas del viaje hasta su área romántica y desde lo provocativo de algunas de sus sugerencias hasta la música de Thomas Newman.
Es tan divertida, lúcida, creativa, trascendente y emotiva como la mejor que haya hecho nunca esta maravillosa Compañía. Es casi imposible explicar con mayor lucidez lo que nos sustancia como personas, y de un modo tan sencillo.
Ridley Scott logra en esta obra maestra del cine combinar varias acciones al mismo tiempo: entretener, fantasear, emocionar, instruir y brindar esperanza.
Hay tanta acción, tanta exhibición de fuerza cinematográfica, que si alguien se aburre viéndola es que, evidentemente, se ha equivocado de ventana al mirarla.
Su atractivo está en la sencillez del relato de la evolución del hombre y en la sutileza de algunos de sus mensajes para el público infantil. No es Pixar, pero es divertida de una manera, digamos, francesa, y tiene su razón de ser vista.
Roma es una película depresiva e infructuosa, ya que parece que Wenders agotó toda la sal en su anterior film y le ha quedado muy poca para este. Resulta bastante sosa.
Lo ejemplar del trabajo de Reeves es que prevalezcan las contradicciones, y que el espectador no mantenga ante la historia un prejuicio de especie, sino que emocionalmente pueda alternar las trincheras según la lógica del relato.
La auténtica virtud de esta película es su duración de 70 minutos, lo cual, aunque es un aspecto positivo, no resulta un consuelo, ya que se adhiere al espectador como un traje de neopreno.
Es imposible recordar todos los gags y hallazgos visuales que se mezclan, y resulta un tanto desconcertante sorprenderse a uno mismo entre risas y reacciones inesperadas.
A la acción desenfrenada y a la tensión incesante, la película logra equilibrar con dosis prudentes de humor, lo que la hace accesible para todos los espectadores.
El filme exhibe un exceso de estilo que solo se ve atenuado por la magistral interpretación de los actores. El drama, el romance y el espíritu se ven consumidos por el despliegue visual de Baz Luhrmann, tal como ocurrió anteriormente con Shakespeare.
La película evoca ciertos valores muy valorados en la infancia, requiriendo una cuidadosa disposición de cada emoción. Campanella muestra una notable solvencia técnica.