El personaje resulta ser superficial. La película no pretende provocar una reflexión, ni desde una perspectiva religiosa ni antirreligiosa. Se sugiere que la apostasía demanda un mayor análisis y pensamiento crítico.
Cuando uno ve esta película, ve una historia; pero al volver a verla, también descubre una nueva perspectiva. No necesariamente animo a verla en repetidas ocasiones, aunque podría sugerirlo, ya que no deberías perderte ninguna de las dos experiencias.
Adquiere, esencialmente en la mirada algo chaplinesca de su protagonista, un plus de frescura, cercanía, percepción e incertidumbre que hacen el relato más encantador, incluso poético.
Película agridulce, con una eficaz y complejísima construcción del interior de un personaje discordante, pero muy próximo, de Darín, y que busca y encuentra sin esfuerzo al espectador
Gibson logra que lo inverosímil se fusione a la perfección con la realidad. Jodie Foster hace bien en emplear la metáfora, aunque sea un poco tosco, del ser humano como marioneta.
Lo mejor es la construcción de sus personajes. No es fácil narrar una historia, por muy personal que sea, con la personalidad y la distinción ideal, mágica. Y a esta le pesa más el corazón que la cabeza.
Consigue con apenas media docena de personajes y un casi único escenario atrapar al vuelo un sentido shakespeariano del mundo, y desmigarlo con sencillez cervantina y doblez quevediana. El resultado es un insólito catálogo del sentimiento y del comportamiento humano.
Una comedia romántica llena de ingenio, malicia, ternura y una visión profunda de la realidad actual, especialmente en lo que respecta a las relaciones amorosas.
La historia es especial gracias a la actuación de Renate Reinsve. Trier imprime a su película una dosis de ligereza, aunque también incluye momentos profundos. Los actores logran convertir la trama en una experiencia accesible y familiar.
Una vieja historia que se ha contado varias veces y de diversas maneras, pero ninguna de ellas de un modo tan franco y cercano, casi vecinal, como la construye Paul Morrison.
Tardieu tiene la capacidad de evitar lo melodramático, así como la búsqueda constante de la risa fácil. De este modo, logra entrelazar hábilmente los distintos hilos narrativos, sin que el enredo supere a las emociones en profundidad.
No está nada mal para ser, descaradamente, una comedia, y que además funciona muy bien como tal. Lemercier le pasa un paño húmedo a «la realidad» y deja esta película entrañable, divertida y hasta optimista (un poco).
La historia parece un conglomerado de diez o doce películas de Almodóvar, pero sin timbre ni sello. Tiene momentos en los que se atraviesa holgadamente la línea del bochorno.
El intento de aportar un frescor narrativo es evidente, y hay una construcción sólida tanto de personajes como de situaciones. Sin embargo, se percibe que un poco más de sustancia en la trama podría haber beneficiado a la historia.
Los personajes están empapados de profundidad y sudor frío. El humor se presenta de manera magnífica. Allen brinda a Blanchett la oportunidad de conmover y enamorar al espectador, y ella la aprovecha como si estuviera compitiendo por un Oscar.
El encanto de la película radica en la suavidad, siempre en armonía, de sus protagonistas: Stefano Accorsi, Neri Marcorè y Lisa Cipriani. Además, la breve intervención de Anouk Aimée, que equilibra lo poético con lo agridulce, añade un valor particular a la historia.
Una película peculiar que parece intentar generar antipatía hacia su protagonista, mientras que, de manera sutil y sincera, se revela el cariño que sus creadores sienten por ella.