Solo los amantes del cine de terror, y más concretamente el ochentero, se sentirán a gusto con esta extraña película. Carece de un argumento sólido y las interpretaciones no logran destacar.
Si uno aguanta las ganas de irse a sacar ya las minucias de su cuenta bancaria, llega la diversión: la escena de enfrentamiento en el Guggenheim de Nueva York, la mejor de la película.
Lo mejor de esta película, llena de nostalgia y melancolía, no se encuentra en el corazón de la historia, sino en sus márgenes. Stallone y Dolph Lundgren aparecen en pantalla como si estuvieran buscando un clásico de Shakespeare que interpretar.
Lo importante es ponerse a su altura y disfrutar de la creatividad y la potencia visual que presenta. Se trata de una película de la que uno sale igual que entró, aunque con una perspectiva más liberal acerca del multiverso.
Un guion funcional que presenta numerosas escenas emocionantes y visualmente impactantes. Es importante no dejarse llevar por apariencias; es necesario disfrutar de lo que ofrece en cuanto a artificio y convencionalidad, ya que, al igual que en anteriores entregas, no se menciona a Esquilo.
No hay en el argumento un alarde de ingenio ni de novedad, pero se debe reconocer al director por ser un vehículo que permite resaltar las virtudes cómicas de sus dos protagonistas.
Con enorme armonía visual y poesía interior, es una pequeña joya sobre los lazos, las riendas y el mantener el equilibrio en la vida, explorando el camino entre saltos y tropiezos.
Película rebuscada y astuta. Los personajes secundarios son un bálsamo, ya que actúan como los raíles por los que transita, en ocasiones, ese tren descarrilado que es el protagonista.
Dentelladas de un género al otro que tienen la singularidad, sí, de estar preñados ambos con la gigantesca sutileza de este director en un melodrama mesetario, toledano, y tan de interior, tal vez le falte una especia al caldo.
Trata cuestiones de «clase», de sentimientos, de indignación o simplemente morales mediante la caricatura de personajes y de situaciones que resultan tan propias, entrañables y graciosas como para pasar un buen rato junto a ellas.
Demme sabe cómo se compaginan los estilos y los géneros, sabe profundizar en el drama (el drama es francamente doloroso) sin renunciar a un soportable sentido del humor.
El argumento se mueve entre explosiones y crueldades, pero se disfruta con la comodidad, el entretenimiento y la visceralidad que solo el cine puede brindar.
Foster crea una intriga intensa, donde cada minuto cuenta. Su montaje, dinámico y ágil, mantiene al espectador en vilo, similar a un galgo esperando en su cajonera.
El montaje y el desarrollo son adecuados, ya que permiten que la intriga fluya entre la ironía y la perplejidad. Ferguson logra que incluso el más desinformado pueda seguir la historia.
Lamentablemente, Stone se toma demasiado en serio a sí mismo y a su idea de la célebre burbuja financiera, una noción que intenta plasmar en su película, inflándola para luego desinflarla en un desenlace que la deja completamente vacía.
La estructura narrativa de esta película carece de sorpresas: todo transcurre sin problemas, se introduce un poco del pasado para complicar la trama, hay un par de peleas emocionantes con su dosis habitual de épica y resentimientos, y... hacia una cuarta entrega.
Podría reprochársele al director, Peter Segal, su tentación de «telefilmizar» su historia con varios hilos argumentales que rebajan los ácidos de esta cosa tan graciosa sin más, pero sin menos.
Un artefacto divertido y de gran éxito, lo cual es algo distinto de una gran película. (...) Arranca con brillantez (...) interminable y enloquecido aquelarre final.
El retrato general resulta más elemental de lo previsto; quizás Moriarty sea lo único que se presenta a la altura en momentos cargados de inteligencia y maldad. La primera mitad se desvanece entre giros confusos de la trama y la lucha por encontrar un tono adecuado.