¿Es esta la mejor interpretación jamás realizada, o son solo fragmentos de un trapo que se deshilacha? Se puede cuestionar el equilibrio mental de Joaquin Phoenix, pero no su compromiso absoluto con su labor.
El trabajo de Figueres y su colaboradora en el guión es documentalmente impresionante, y nos muestran el puño y letra de una época terrible. Una huella digital admirable en la memoria de su época.
Podría ser un inmejorable objeto de estudio en cualquier universidad de cine: cómo convertir una historia real en otra inverosímil. Dicho lo cual, ni siquiera el pastelazo que le mete Hormann a la historia en plena cara es capaz de anular toda la fuerza de su esencia.
Película rebuscada y astuta. Los personajes secundarios son un bálsamo, ya que actúan como los raíles por los que transita, en ocasiones, ese tren descarrilado que es el protagonista.
Dentelladas de un género al otro que tienen la singularidad, sí, de estar preñados ambos con la gigantesca sutileza de este director en un melodrama mesetario, toledano, y tan de interior, tal vez le falte una especia al caldo.
Trata cuestiones de «clase», de sentimientos, de indignación o simplemente morales mediante la caricatura de personajes y de situaciones que resultan tan propias, entrañables y graciosas como para pasar un buen rato junto a ellas.
Solo los amantes del cine de terror, y más concretamente el ochentero, se sentirán a gusto con esta extraña película. Carece de un argumento sólido y las interpretaciones no logran destacar.
Si uno aguanta las ganas de irse a sacar ya las minucias de su cuenta bancaria, llega la diversión: la escena de enfrentamiento en el Guggenheim de Nueva York, la mejor de la película.
Lo mejor de esta película, llena de nostalgia y melancolía, no se encuentra en el corazón de la historia, sino en sus márgenes. Stallone y Dolph Lundgren aparecen en pantalla como si estuvieran buscando un clásico de Shakespeare que interpretar.
La película comienza de manera decepcionante, con una primera mitad que resulta redundante y tediosa. Sin embargo, a medida que avanza, la historia se transforma gracias a un humor mordaz que toma el control.
Es lo que es, y claro que da para un rato de la tarde del sábado un acelerado compuesto de escenas de acción, de persecuciones enloquecidas y tiros a mansalva.
Con enorme armonía visual y poesía interior, es una pequeña joya sobre los lazos, las riendas y el mantener el equilibrio en la vida, explorando el camino entre saltos y tropiezos.
Hay una buena parte de la trama, que resulta ser la mejor, sustentada en un thriller envolvente. Sin embargo, esto es rápidamente consumido por las incoherencias argumentales y los excesos irreales, lo que transforma la película en una mezcla confusa entre la cordura y la locura.
Otra inimitable elucubración que nos entrega el gran ogro del modernismo. Su estilo se vuelve cada vez más postlinguístico, creando un collage final inefable y genial que compensa el desplazamiento.
Su encanto reside en que se disfruta de manera sencilla, atravesando la trama sin grandes descubrimientos ni sorpresas, pero con agrado y entretenimiento.