Una vieja historia que se ha contado varias veces y de diversas maneras, pero ninguna de ellas de un modo tan franco y cercano, casi vecinal, como la construye Paul Morrison.
La película no logra alcanzar la profundidad y sencillez que caracterizan a Rohmer, y se distancia aún más de la brillantez y el ingenio que despliega Woody Allen.
No está nada mal para ser, descaradamente, una comedia, y que además funciona muy bien como tal. Lemercier le pasa un paño húmedo a «la realidad» y deja esta película entrañable, divertida y hasta optimista (un poco).
Hay guasa social, guasa laboral, guasa romántica y guasa familiar, dosificada para que cada uno elija la postura que prefiera: indignarse ante la ligereza y frivolidad (...) o partirse de la risa (...)
El intento de aportar un frescor narrativo es evidente, y hay una construcción sólida tanto de personajes como de situaciones. Sin embargo, se percibe que un poco más de sustancia en la trama podría haber beneficiado a la historia.
Enorme y conmovedora película que encierra, al igual que en “Los descendientes”, un profundo temblor emocional entre dos generaciones y la tierra que pisan.
El encanto de la película radica en la suavidad, siempre en armonía, de sus protagonistas: Stefano Accorsi, Neri Marcorè y Lisa Cipriani. Además, la breve intervención de Anouk Aimée, que equilibra lo poético con lo agridulce, añade un valor particular a la historia.
Una trilogía incomparable a ninguna otra. Es una obra inagotable que, lamentablemente, agotó a su autor, pero que afortunadamente nunca agotará la mirada y la emoción de cualquier espectador.
Una película peculiar que parece intentar generar antipatía hacia su protagonista, mientras que, de manera sutil y sincera, se revela el cariño que sus creadores sienten por ella.
Lo mejor es la construcción de sus personajes. No es fácil narrar una historia, por muy personal que sea, con la personalidad y la distinción ideal, mágica. Y a esta le pesa más el corazón que la cabeza.
Pesimismo inteligente, clarividente y tronchante que nos lo ofrece a través de otro genio de eso, de pensar, de escribir y de decir, llamado Larry David, creador de Seinfeld
Consigue con apenas media docena de personajes y un casi único escenario atrapar al vuelo un sentido shakespeariano del mundo, y desmigarlo con sencillez cervantina y doblez quevediana. El resultado es un insólito catálogo del sentimiento y del comportamiento humano.
La combinación de inocencia, lirismo y astucia, junto con el tierno ambiente que rodea a los escenarios y personajes, transforma esta miniatura en un juego de encantos y desilusiones.
Conmovedora y simpática variación en síndrome de 'up'. Algunos momentos entre Pablo Pineda y Lola Dueñas podrían pasar a los anales de la química entre parejas de cine.
Está llena de contrastes, de rupturas, de mezclas inapropiadas de tonos y colores, pero el resultado es sumamente complejo e intenso. 'Gordos' se expresa tanto a sí misma como al espectador.