Dentelladas de un género al otro que tienen la singularidad, sí, de estar preñados ambos con la gigantesca sutileza de este director en un melodrama mesetario, toledano, y tan de interior, tal vez le falte una especia al caldo.
Foster crea una intriga intensa, donde cada minuto cuenta. Su montaje, dinámico y ágil, mantiene al espectador en vilo, similar a un galgo esperando en su cajonera.
Lo mejor de esta película, llena de nostalgia y melancolía, no se encuentra en el corazón de la historia, sino en sus márgenes. Stallone y Dolph Lundgren aparecen en pantalla como si estuvieran buscando un clásico de Shakespeare que interpretar.
La película comienza de manera decepcionante, con una primera mitad que resulta redundante y tediosa. Sin embargo, a medida que avanza, la historia se transforma gracias a un humor mordaz que toma el control.
El retrato general resulta más elemental de lo previsto; quizás Moriarty sea lo único que se presenta a la altura en momentos cargados de inteligencia y maldad. La primera mitad se desvanece entre giros confusos de la trama y la lucha por encontrar un tono adecuado.
La burla, la ironía, el retrato sórdido y despiadado, las situaciones de frenopático... y todo ello hilvanado con el impudor y la desvergüenza que muchos no apreciarán y que otros tantos disfrutarán.
Hay una buena parte de la trama, que resulta ser la mejor, sustentada en un thriller envolvente. Sin embargo, esto es rápidamente consumido por las incoherencias argumentales y los excesos irreales, lo que transforma la película en una mezcla confusa entre la cordura y la locura.
Todo es potencia visual, estilo y desconcierto. El tratamiento de la acción, la ambientación y la violencia invita a que el interés se desplace desde el sentido común al sentido especial.
Resnais convierte con absoluta maestría y delicadeza la subversión en comprensión. No es, claro, una comedia para partirse de risa, sino más bien para enroscarse en ella.
Un ejercicio de investigación cinematográfica único en la historia del cine. Guerín logra elevar su trabajo a la categoría de ensayo cinematográfico. No solo es una película excepcional, reveladora y brillante; también desafía las normas del entretenimiento.
Comedia fresca, familiar y bienintencionada, la falta de pretensiones y alardes no le sientan mal a 'Héroes de barrio', que tiene claro su propósito: no hacerle pasar un mal rato a su espectador.
El esquema resulta funcional y atractivo, con una trama sencilla que ofrece suficientes giros y sorpresas para mantener la atención del público adecuado.
Lornegan busca y logra la máxima intensidad sin ofrecer entretenimiento, presentando una propuesta austera. Es una gran película, pero no se puede recomendar con alegría.
Hay dos tipos de cine indie americano, uno que te mira a ti y otro que quiere que lo mires tú, y «Sobran las palabras» pertenece enteramente al primer grupo.
Tanto la historia como su tratamiento del cruce sin semáforos se sienten algo gastados, pero conserva esa frescura, aunque en ocasiones se percibe forzada, que caracteriza al cine independiente estadounidense.
La historia evoluciona de manera peculiar y lo que inicialmente promete oscuridad, género y tensión, se desvía de forma intencionada hacia un melodrama superficial y una reducción a lo trivial.