Un cine tan lleno de lucidez, tan pletórico de forma y de fundamento, que agradece uno toda la paciencia y la perseverancia necesaria hasta llegar allí.
Es una película que aborda sentimientos complejos, los cuales se hacen evidentes a pesar de la intrincada narrativa y del uso, quizás excesivo, de la cámara lenta. Esto se debe, en gran parte, al desempeño del trío protagónico.
Se ve con agrado y congoja, con ánimo y desánimo, con el placer de estar ante un amor desprovisto por completo de egoísmos, que nos muestra la cara interior y sombría de esa enfermedad.
Scorsese regresa a su entorno habitual, pero lo hace con una profundidad que revela ideas poderosas y emociones intensas, todo presentado de manera sencilla y sin pretensiones.
Es como un crucigrama chino, no hay quien le haga un hueco en su cabeza a semejante ensaladilla. A uno ya le van pesando las catorce o quince horas de serial.
Sanders logra transformar una historia algo limitada en una experiencia visual impactante, combinando imágenes deslumbrantes con un ritmo cautivador que realmente justifica el costo del ingreso.
Una historia fascinante que el protagonista trata de ocultar en un ambiente de misterio. La primera hora resulta innecesaria, pero hay instantes de pura magia que brillan en medio de la trama.
Se sigue, se disfruta, se pierde algo de baba admirativa en el trayecto y se llega a la conclusión, tal vez triste pero real, de que ya están tardando en estrenar la siguiente.
Dos actrices transforman lo habitual en algo excepcional. Esta película logra que cada detalle, por más pequeño que sea, brille con perfección. Su belleza radica en la sensibilidad con la que se captura lo cotidiano.
El ajetreo cotidiano en el paritorio del hospital lleva a que se realicen numerosos partos, lo que hace que la conexión emocional del espectador sea menos intensa y se diluya entre las diferentes situaciones.
A pesar de abordar temas dramáticos, es una cinta brillante y enriquecedora, repleta de matices agradables. No recurre a la habitual conversión del drama en thriller, lo que le permite mantener la esencia de la historia.
Esta meticulosa película explora de manera profunda la conexión emocional entre una madre y su recién nacida, destacando una impresionante sensibilidad para captar los matices, las ternuras y las angustias de esta relación.
El estilo calmado de la directora y la frialdad de la presentación contrastan con lo inexplicable de la obra, que, al no poder describirse, se presenta de manera confusa.
La película, ignorando los fundamentos del buen cine, se queda estancada. Aunque presenta momentos inquietantes, no avanza fuera de lo común y, al final, se encuentra con lo predecible.
Equilibradas dosis de emoción y de información. La película transmite con gran claridad su mensaje principal, lo que hace que las pequeñas incongruencias en el guion pasen desapercibidas.
A pesar de su carga emocional y los dilemas morales que plantea, ni Franco ni su obra logran definir la asombrosa reacción del espectador. Cualquier vacío en la narrativa es enmendado por la brillante actuación de Emma Suárez, quien inunda cada escena con su presencia.
Es un juego de relaciones sociales y de clase, en el que la película presenta su perspectiva moral. Destaca especialmente la conexión bien desarrollada y profunda entre la madre y la hija.
Una reflexión sofisticada y clara sobre la existencia y el fin de la vida, que evita el sentimentalismo excesivo pero abraza momentos de emoción, profundizando en los miedos, la fortaleza y las debilidades de la condición humana.