Un trabajo artesanal de belleza naturalista, que explora ideas muy interesantes y sabe cómo ponerlas en imágenes sin fisuras de ningún tipo, todo esto orientado al público adulto.
Violencia gráfica y mucha sangre -de plastilina- para un trabajo de una técnica depuradísima y un sentido del humor negrísimo. No es para niños, eso por descontado.
Técnicamente es más que competente, con un ritmo muy reposado y alejado del espectáculo primario. Es la película de animación que haría Béla Tarr, comprometida con la historia del país al tiempo que reveladora.
Desde Seven a Sin City, pasando por El tercer hombre. Son éstas las influencias de un trabajo que vuela alto y que demuestra que no son los medios los que determinan los límites de una obra, si no la imaginación e inventiva de quienes se involucran en ella.
Un film extraordinario, maduro, con un gran guión que apuesta todo a la imagen al carecer de diálogos y dedicarse a mostrar (...) gana con los revisionados.
Una de las mejores piezas de animación que se han realizado nunca. Triste y demoledor, Mark Osborne logra presentar su trabajo más personal, valiente y poético en solo seis minutos que enriquecen y perduran.
El viejo molino demuestra que la animación puede trascender como un simple entretenimiento infantil, emergiendo como un verdadero medio de expresión artística. Es un cortometraje excepcional que ya tiene un lugar en la historia del arte.
Un filme irregular, lejos de ser perfecto, pero que es tan puro y firme en sus convicciones que sólo queda levantarse y aplaudir a sus responsables por llevar las cosas tan lejos como lo hacen. No os la perdáis.